domingo, 23 de septiembre de 2012


El Ejemplo de los Niños
Mc 9,30-37

En su camino a Jerusalén donde va a ser entregado, Jesús instruye a sus discípulos sobre el destino de cruz del Hijo del Hombre. Pero como en el caso de Pedro, que vimos el domingo pasado, los discípulos no entendieron (no querían entender) lo que les decía (Mc 9,32), no cabía en sus mentes la idea de un Mesías que habría de acabar en una muerte tan ignominiosa.

La incapacidad de los discípulos para entender a Jesús se pone de manifiesto en la discusión que ellos, a pesar de las enseñanzas del Maestro, mantienen entre sí. ¿De qué discutían por el camino?, les pregunta Jesús. Ellos discutían quién era el más importante dentro del grupo. El deseo de ser reconocido y apreciado es natural; su realización asegura la autoestima y la confianza básica que consolidan, a su vez, la identidad de la persona y la mueven a progresar y perfeccionarse. Más aún, Dios quiere que fructifiquen los talentos que él nos da, que aspiremos a las más altas formas de servicio que podemos ofrecer, usando esos mismos talentos que él ha puesto en nosotros. Pero sobre este deseo natural y sobre esta voluntad de Dios que nos abre al más, al mayor servicio y a su mayor gloria, se puede sobreponer el afán de sobresalir por encima de los demás, la actitud arribista de quien a toda costa quiere ocupar el primer lugar, buscando ya no el mejor servicio sino su propia gloria. Esta actitud la tenían los discípulos de Jesús, acrecentada tal vez porque las distinciones, los rangos y los puestos de importancia, era un tema particularmente debatido en el ambiente judío. 

Jesús aprovecha esta ocasión para transmitir una enseñanza sobre el nuevo modelo de autoridad que deberá ejercitarse en su comunidad. Se trata de un modelo basado en otra lógica diferente a la que emplean los hombres para gobernarse. Es la lógica del servicio, de la solidaridad y de la cruz, que invierte los valores del mundo y adquiere toda su densidad de significado en el hecho palpable de que Jesús, siendo el primero, prefiere aparecer y ser tenido como el último y el servidor de todos.

Según el evangelio no tiene sentido una autoridad que se organiza como un poder para dominar. Sólo es lícito ejercer la autoridad como servicio, nunca como dominación de los demás. Todo cargo se ha de ejercer para favorecer el bien común, atender y servir a las personas. Se corrompe la autoridad y se perjudica el derecho y la dignidad de las personas cuando los gobernantes se utilizan el poder para lucrar y servirse a sí mismos del modo que sea. A los ojos de Dios el primero es el que mejor sirve. El servicio se constituye así en la norma básica de la conducta agradable a Dios. Y si este servicio se hace a los últimos, a los débiles y postergados de la sociedad, tanto mejor. Así se comportó Jesús y en su modo de actuar nos mostró la actuación misma de Dios.

El gesto que a continuación hace Jesús sirve para reforzar esta idea nueva de Dios y del  hombre. Jesús coloca a un niño en medio del grupo, lo abraza con ternura y dice: El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que  me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado. 

Este gesto simbólico pone en evidencia lo que Jesús quiere. En la sociedad judía, el huérfano, la viuda, el extranjero, el siervo, el niño, estaban privados de derechos; para Jesús, son los más importantes y los primeros en la comunidad. Los niños nada poseen. Son y llegan a ser lo que se les da. Refiriéndose a ellos, Jesús ilustra la relación que hay entre el poseer y el buscar el Reino de Dios: hay que superar el afán de posesión y de dominio (ya sea de personas o de bienes), incluso el poseerse a sí mismo, para poder entregar la vida y recibir a cambio la verdadera y feliz vida eterna. 

A los niños y a quienes se les asemejan, les pertenece el Reino. Porque son los desprovistos, porque no tiene su seguridad en sí mismos y viven sin pretensiones ni ambiciones, por eso su vida está abierta –pendiente-  del don de Dios. Por no tener nada y recibirlo todo, los niños son los últimos. Porque todo en sus vidas depende de Dios, son los primeros en su corazón. Nada poseen; Dios es todo para ellos. Por eso Jesús se identifica con ellos: Quien acoge a uno de estos pequeños, a mí me acoge. 

La lección es clara: el discípulo ha de renunciar a toda falsa afirmación de sí mismo para poder acoger el don del Reino. La persona encuentra su verdadero valor no en lo que tiene, sabe o hace, sino en su actitud de amor a aquellos con los que Cristo se identifica. Quienes así actúan tienen como norma de vida el ejemplo de Jesús que manifestó una atención preferencial para con los enfermos, los pobres y los pecadores y una especial predilección por los niños. Y convenzámonos: no hay nada más satisfactorio que saber que la propia vida se gasta y se desgasta en bien de los demás. Por eso, quien quiera ser el mayor, que se sitúe en su familia, en su centro de trabajo, en la sociedad donde mejor pueda servir, porque “muchos primeros serán últimos y muchos  últimos serán primeros” (Mc 10,31).

La Eucaristía nos reúne a todos por igual. Aquí no hay diferencias de rango ni de poder. Simples hermanos y hermanas nos juntamos en torno a la mesa de nuestro Padre común; acogemos la Palabra de su Hijo y hermano nuestro Jesucristo. Al partir juntos el pan, cobramos fuerzas para resistir a las contradicciones y escándalos que observamos en el ejercicio corrupto de la autoridad; nos ratificamos en nuestro rechazo a todas las concepciones de la autoridad que desde la familia, la escuela, la empresa, el Estado y aun la misma Iglesia, generan abusos y sufrimientos; y aprendemos a fiarnos del Espíritu que sigue realizando su obra de transformación de los corazones en el amor fraterno. Que la Eucaristía nos ayude a reparar lo que la mentalidad del mundo ha dañado en la Iglesia, a recuperar aquello que se ha alejado del evangelio, a purificar o fortalecer lo que se ha corrompido o debilitado, a cambiar todo lo que sea necesario para que la Iglesia sea en verdad la comunidad que Cristo quiere. 

lunes, 17 de septiembre de 2012


¿Quién dicen que soy yo?  
(Mc 8,27-35 )

Nos hallamos al norte de Galilea, cerca de la ciudad pagana de Cesarea de Felipe. Jesús inicia su camino a Jerusalén donde va a ser entregado. En este contexto, tiene con sus apóstoles un momento de intimidad. Es el momento de abrir el corazón. Jesús les prepara el terreno y les pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Ellos responden refiriendo lo que se oye hablar sobre el Maestro, las distintas opiniones que la gente. Unos, impresionados por la vida austera y la muerte del precursor de Jesús, dicen que es Juan Bautista que ha resucitado. Otros, movidos quizá por la autoridad de Jesús y porque han visto la fuerza con que cura a los enfermos, creen que se trata de Elías, que ha vuelto a la tierra para consagrar al Mesías (Mal 3, 23-24; Eclo 48, 10) y preparar la llegada del Reino de  Dios (Mt 11, 14; Mc 9,11-12; cf. Mt 17, 10-11). Otros, en fin, identifican a Jesús con un profeta, sin mayor concreción. 

También hoy, si hiciéramos la misma pregunta, la gente daría muchas respuestas y seguramente todas muy positivas. Es un hecho incuestionable que Jesús sigue atrayendo con su personalidad y con su mensaje. Jesús, generalmente, es admirado y amado. Esto cuando las personas han oído hablar de él. Ocurre también que hay muchos que no saben nada de él, o tienen una imagen muy superficial. Pero si han escuchado sus enseñanzas y conocido lo que hizo en favor de la humanidad, no dudo que serían capaces de admirarlo y seguirlo. 

Después de oír su respuesta, Jesús hace a sus discípulos otra pregunta: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Quiere conocer su fe porque quiere prepararlos a lo que vendrá, dado que son los que han de continuar su obra. Entonces Pedro, tomando la palabra, le contesta: “Tú eres el Mesías” (en gr. Cristo). Según el evangelio de Mateo, esta confesión de fe, no ha nacido de una genial perspicacia de Pedro, sino que ha sido el Padre quien se lo ha revelado. “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo...”. 
Esta confesión de Pedro nos invita a responder quién es Jesús para nosotros. Es como si el mismo Jesús me hiciera también, aquí y ahora, su pregunta: “¿Quién soy yo para ti?”. Y espera mi respuesta. El cristianismo no es una ideología, una doctrina, una moral, sino una relación personal con Jesucristo, a quien amamos y queremos amar como él nos ama. Ser cristiano es reconocer que en Jesús Dios nos ha traído la salvación, que en Jesús ha irrumpido en la historia el reino de Dios y que para el establecimiento y extensión de su reinado, Jesús cuenta con nosotros.

Después de ordenar a los discípulos que no hablaran de él porque la gente tenía una idea muy distinta de lo que había de ser el Mesías, Jesús les advirtió claramente que “tenía que sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros, que lo matarían y a los tres días resucitaría”. Este lenguaje suyo les resultó insoportable. Jesús, el Mesías esperado, el sucesor de David que habría de restaurar la monarquía y dar auge a Israel, he aquí que se identificaba con el Mesías Siervo de los cánticos de Isaías. Un Mesías que no se acredita con un triunfo según este mundo sino asumiendo el dolor, la opresión y la culpa de sus hermanos, de su pueblo. Jesús habla de esta misión como un designio que corresponde a la voluntad de su Padre, con la que él se identifica plenamente. Dios ama tanto al mundo hasta entregar a su Hijo y su Hijo asume con el mismo amor su propia entrega. “No hay mayor amor que el que da su vida por sus amigos”. No es que le agrade a Dios ver sufrir a su propio Hijo; sería blasfemo pensar una cosa así. Pero el amor verdadero pasa ineludiblemente por el dolor del otro, por la culpa del otro y por su muerte. Este amor de Jesús por nosotros, unido a su inquebrantable esperanza en su Padre, es lo que le hará experimentar, después de su pasión, la gloria de la resurrección.

Pedro no comprende este lenguaje. No puede admitir que su Maestro, a quien acaba de reconocer como el Mesías, tenga que sufrir. El Mesías no puede sufrir, su destino es el triunfo sin pasar por la humillación del sufrimiento. Por lo demás, Pedro no está dispuesto a verse involucrado en un final como el que Jesús les anuncia. Por eso se le enfrenta y “tomándolo aparte, comenzó a increparlo”. Pero Jesús lo reprende severamente a la vista de todos: “Apártate de mi, Satanás. Tú piensas como lo hombres, no como Dios”. Ponte detrás, tentador. Están los pensamientos de Dios y los pensamientos de los hombres; el discípulo preferido aún no ha dado el paso.

En adelante, ser discípulos de Jesús consistirá en decidir ser como él, asumir su estilo de vida y recorrer con él su camino hasta el final con todas sus consecuencias. “Bástale al discCpulo con ser como su Maestro”. Es lo que quiere Jesús: la identificación con él, para que su vida se prolongue en la del discípulo. Por eso Pablo dirá: “Vivo yo, ya no yo; es Cristo quien vive en mí” (Fil 1). “Estoy crucificado con Cristo y no vivo yo, sino es Cristo quien vive en mí” (Gal 2).

Jesús los invita a cargar cada uno su cruz. Significa liberarse, salir de sí, para hacer posible la donación sin reservas. Pero se carga la cruz detrás de él. Es lo propio del discípulo, ir tras el Maestro. Y conviene que sea así: él es quien va delante, abriendo camino, recibiendo también él primero los golpes para hacernos más fácil nuestro destino personal. “Carguen mi yugo y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso… Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. 

La vida es un don y se realiza dándola. Así piensa Jesús, que sabe que todo lo ha recibido del Padre y vuelve al Padre. Así ha de pensar el discípulo. La entrega de uno mismo a los demás y a Dios, en eso consiste la vida eterna, la que no acaba, porque pertenece ya a Dios y él estará a su lado aun en la muerte. Eso es resucitar con él. Es el tesoro escondido que uno descubre y, por la alegría que le da, vende todo lo que tiene para ganarlo. Entonces podrá decir con Pablo: “Ni muerte ni vida, ni el presente ni el futuro, ni la altura ni la profundidad, ni criatura alguna… podrá separarnos del amor de Cristo” (Rom 8).

domingo, 9 de septiembre de 2012


Curación del sordomudo - Effetá
Mc 7,31-37

Jesús quiere llevarnos a “escuchar y entender” su Palabra para que la podamos aplicar a nuestras vidas y transmitirla. Es lo que realiza mediante la curación de un discapacitado sordomudo. Y como se trata de un extranjero, habitante de la Decápolis, región pagana, Jesús nos hace ver también que todos sin distinción, judíos y gentiles, están llamados a escuchar su Palabra que transforma la vida.

Le llevaron a un hombre sordo que apenas podía hablar, y le suplicaban que impusiera sobre él la mano. No se dice quiénes son los que lo llevan, pero deben ser gente religiosa porque aprecian el significado que tenía en las culturas semitas el gesto de imponer las manos. Además, es muy probable que hayan oído hablar de lo que Jesús hace en favor de los pobres y de los enfermos. 

Jesús, entonces, lo apartó de la gente… (lo mismo hará con el ciego de Betsaida – 8,23). Con ello quizá quiere evitar reacciones equívocas. La gente, al ver las acciones que realizaba en favor de los enfermos y de los pobres, se entusiasmaba y lo aclamaba como Mesías, pero Jesús no se lo permitía porque con eso los judíos entendían otra cosa. Al mismo tiempo, el gesto de apartar al enfermo puede tener otro significado: cuando uno es conducido por Jesús, su vida cambia. El contacto personal con Jesús produce una “separación”, la persona asume otra manera de pensar y de obrar diferente de la que antes tenía. La sordera que le impedía oír y asimilar los valores del Evangelio, y la traba de su lengua que le incapacitaba para comunicar su fe, quedan curadas por el contacto personal con el Señor. 

La curación del sordomudo se realiza en dos tiempos. Hay sorderas y mutismos que demandan esfuerzo. Primero, Jesús introduce los dedos en los oídos del enfermo y toca con saliva su lengua. Puede verse aquí una alusión al antiguo rito del bautismo, que incluía gestos así. En segundo lugar, lo más importante, viene la palabra de Jesús: Effetá, palabra aramea que significa ¡Ábrete!, que revela y convierte en realidad el significado de los gestos simbólicos empleados. Y al enfermo se le abren los oídos y se le suelta la lengua. Se convierte en una persona nueva. Se cumple lo anunciado por Isaías (primera lectura de hoy): con la llegada del Mesías los oídos de los sordos se abrirán y la lengua de los mudos se soltará, nacerá un pueblo nuevo de hombres libres que acogen la palabra de Dios. 

El texto nos ofrece, pues, la imagen de un Jesús, portador del poder de Dios, que realiza la salvación mesiánica anunciada por Isaías. Al mismo tiempo, el evangelista Marcos presenta la figura del sordomudo como representante de los miembros de la comunidad eclesial que proceden de una cultura o de un nivel socio-económico diferentes a los de la mayoría: el sordomudo no es judío, es un extranjero menospreciado por los judíos. Aquella comunidad a la que Marcos dirige su evangelio, tenía las mismas dificultades que nosotros para creer y, sobre todo, para acompañar la fe con el testimonio de un amor realmente solidario que lleva a acoger a los demás sin hacer acepción de personas por prejuicios o motivaciones excluyentes de la índole que sean. 

Nos podemos también ver reflejados en el pasaje evangélico por nuestra personal manera de oír las enseñanzas de Jesús y hablar de ellas. No siempre oímos cuando debemos oír, ni hablamos cuando debemos hablar. A veces nos falta coraje para expresar abiertamente lo que pensamos. No escuchamos a los que nos son extraños o piensan de manera diferente. Los problemas del mundo nos superan y nos quedamos mudos a la hora de denunciar las injusticias que hacen sufrir a la gente; incluso podemos cerrar la boca por miedo a las consecuencias o por connivencia con lo que es censurable. Así, uno puede volverse sordo para oír sólo lo que le conviene, lo que no incomoda ni exige esfuerzo; y tornarse mudo, sin capacidad de comunicación con los demás y con Dios. 

El evangelio del sordomudo nos hace ver también que podemos silenciar el mensaje cristiano si cerramos los oídos a las necesidades reales de la gente, si hablamos de Dios pero no compartimos, si queremos llevar una vida santa pero no traducimos el evangelio en gestos de amor concreto en favor de nuestro prójimo. Ser mudos y sordos significa llevar una vida encerrada en intereses egoístas, o dispersa en comodidades y frivolidades, de espaldas a la realidad que viven tantos hermanos nuestros. Nos duele la distancia que se da entre la Iglesia y la gente, el poco influjo que parece tener la Iglesia en la sociedad actual, pero nos resistimos a hacer nuestro examen de conciencia y revisar las actitudes a través de las cuales se verifica convincentemente el mensaje de la Iglesia. Por santo que sea el mensaje, sólo adquiere credibilidad cuando se lo lleva a la práctica.

Todas esas sorderas y mutismos de orden moral, tienen muchas veces su origen en el campo de la fe, cuando la falseamos con imágenes distorsionadas de Dios. Nos representamos a Dios como un antagonista de la persona humana, no como el Dios que en Jesús parte para nosotros el pan; un Dios que no recorta nuestra personalidad, sino que la abre a horizontes cada vez más amplios de libertad, de realización, de donación y de gozo.  


Dejemos que el Señor, como al sordomudo, se nos muestre cercano y compasivo, que nos enseñe a amar, llevándonos aparte, si es necesario, de los círculos cerrados sociales o de pensamiento en que nos movemos y defendemos. Él nos abrirá los oídos y nos soltará la lengua. Entonces la Iglesia hablará la lengua de la gente, como en Pentecostés, cuando todos la entendían y la oían en sus propias lenguas proclamar las grandezas del Señor (Hech 2,11).


domingo, 2 de septiembre de 2012


Doctrina de lo Puro y lo impuro
 Mc 7,1-8.14-15.21-23

El texto evangélico de hoy presenta una de las polémicas de Jesús con los fariseos y maestros de la ley acerca de la verdadera piedad. El pueblo judío, como casi todos los pueblos de la tierra, incurría en la tendencia a reducir la religión a meros ritos, ceremonias y prácticas exteriores, con las que se creía poder contentar a Dios sin animarse a darle lo que él más quiere: el propio corazón. Los fariseos, grupo muy influyente, y los letrados de Jerusalén, “maestros de la ley”, eran los que interpretaban lo puro e impuro, lo lícito o lo ilícito, conforme a una serie de normas extraídas sobre todo del libro del Levítico (caps. 11-15). Estos fanáticos defensores de la ley habían transformado la religión en una moral de preceptos menudos que pervertía la ley dada por Dios a Moisés, y que llegaba a normar las tareas más simples y ordinarias de la vida doméstica como el lavarse las manos o purificar vasos, jarros y bandejas. Siempre el culto (liturgia) y las prácticas escrupulosas de la moral han servido de pantalla para escamotear las verdaderas exigencias de la fe.

En el AT abundan las advertencias de los profetas contra esta pretensión humana de manipular lo divino y reducir la religión a normas externas y ceremonias sin práctica de la justicia. Así dice el Señor: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí y el culto que me rinden es puro precepto humano, pura rutina (Is 29, 13). ¿De qué me sirven todos sus sacrificios? –dice el Señor… Aparten de mi vista sus malas acciones, dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien. Busquen el derecho, protejan al oprimido, socorran al huérfano, defiendan a la viuda (Is 1, 11.16-17). Yo detesto, desprecio sus fiestas; no me gusta el olor de sus reuniones, no me complazco en sus oblaciones… ¡Que fluya, sí, el juicio como agua y la justicia como un torrente inagotable! (Am 5, 21.22.24). Yo les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo… y haré que vivan según mis mandamientos y cumpliendo mis leyes… ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios (Ez 36,26-28).

Jesús, en la línea de los grandes profetas de Israel, mantiene y profundiza el espíritu de la Ley, pero aboga por una pureza interior, que se manifiesta en una vida conformada por entero con la voluntad de Dios. Jesús declara que es una hipocresía la religiosidad basada en puras tradiciones y comportamientos exteriores (cf. Mt 6, 7). Hace ver que Dios busca el interior de la persona, de donde nacen los afectos y los sentimientos, y en donde reside la sinceridad y la autenticidad de la persona. Por eso denuncia: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, y siguen las tradiciones de los hombres”. Y proclama: “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace al hombre impuro”. 

El cristiano sabe, por tanto, que el Reino de Dios es, primeramente y sobre todo, un acontecimiento interior liberador, que exige ser aceptado en la profundidad del ser humano y no en la exterioridad de la pura apariencia. Lo importante para Dios no son las acciones religiosas que se cumplen por tradición, o las normas morales que se cumplen como imposiciones externas y no desde convicciones profundas del corazón. San Pablo en la carta a los Romanos nos da esta norma segura de actuación: Les pido, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcan sus vidas como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser su auténtico culto. No se acomoden a los criterios de este mundo; al contrario, transfórmense, renueven su interior, y así discernirán cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rom 12,1-2).

Profundizando más en el sentido de la religión auténtica debemos decir que quien se guía por el Espíritu del Señor no confía en sus propias fuerzas, se deja fortalecer y liberar para obrar con libertad (cf. Gál 5,1) en una vida santa al servicio de los hermanos (cf. Gál 5,13-26). La nueva ley que Cristo escribe e imprime en nuestros corazones por el Espíritu Santo, consiste en amar a los demás como él nos ha amado, privilegiando a los pobres y a los humildes. En esto consiste la «religión pura y sin mancha a los ojos de Dios nuestro Padre», dice el apóstol Santiago (Sant 1,27). Y San Juan es enfático al afirmar que la ley del amor constituye el criterio de verificación de nuestro amor a Dios: ¿Cómo puedes decir que amas a Dios a quien no ves, si no amas a tu hermano a quien ves? (cf. 1 Jn 4,20). Este es su mandamiento: que «quien ama a Dios, ame a su hermano» (1 Jn 4,21). Por eso, «no amemos de palabra y con la lengua, sino con hechos y de verdad» (1 Jn 3, 18). La religión de prácticas exteriores, ritos y costumbres queda superada por la religión del amor, la donación, el compartir y el servir.

En el texto anterior de Mc (6,52), los discípulos no habían comprendido el simbolismo del pan que se comparte, con el cual Jesús se había querido identificar. En el texto de hoy se subraya el motivo: Dios es amor y no comprender el significado del pan significa no creer en el amor, quedarse apegados a la ley. Creer en el amor por encima de toda ley, más aún, como la única ley del cristiano, es la dificultad que tuvieron los discípulos de Jesús y es la dificultad que amenaza a la Iglesia en su misma esencia.

Por eso, para superar este riesgo y poder llevar una vida auténtica, venimos a la eucaristía, y después procuramos llevar a la práctica lo que en ella oímos, pedimos y cantamos. En nuestra celebración dominical está contenido todo lo que Iglesia es, todo lo que la Iglesia cree y todo lo que la Iglesia ofrece por nuestra salvación. En la comunión, signo de reconciliación y de unión fraterna, asimilamos el mandamiento del amor que Jesús nos dejó antes de su pasión. Comulgamos en el pan único y compartido y recibimos la acción del Espíritu Santo que, al santificar nuestras ofrendas de pan y vino, nos santifica también a nosotros para formar, en Cristo, un solo cuerpo y un solo espíritu. 

domingo, 26 de agosto de 2012

Domingo 26 de Agosto de 2012


Tú Tienes Palabras de Vida Eterna
(Jn 6,60-69)

Es la última escena del cap. 6 de Jn. Jesús ha dado de comer a la multitud. Se ha identificado con el símbolo del pan: él es el pan que se entrega para la vida del mundo. Quien lo come, es decir, quien cree en el y se adhiere vitalmente a su modo de ser, tiene vida eterna. Los judíos no han comprendido cómo puede un hombre dar a comer su carne, y han reaccionado escandalizados interpretando mal – quizá maliciosamente – el mensaje de Jesús. Ahora vemos que sus palabras chocan también con la incomprensión de sus propios discípulos. La razón es la desilusión que éstos experimentan al ver que su Maestro no corresponde a la imagen de Mesías que ellos se habían formado. Jesús anuncia el final de su obra como una entrega de su persona en una muerte sangrienta, en la cruz. Sus palabras les resultaban insoportables. Para ellos la muerte en cruz no podía significar más que el fracaso total. Ellos esperaban un Mesías capaz de someter a sus enemigos con la fuerza e imponerse a todos con su poder. Jesús, en vez de dominar, se pone a servir y considera la entrega de su vida como el cumplimiento de la misión que Dios, su Padre, le ha encomendado. Hacer de la entrega de la propia vida la expresión máxima del amor, es algo que ellos no podían imaginar. Más aún, ellos perciben que con sus palabras “comer su carne y beber su sangre”, Jesús les insinúa que ellos también están llamados a hacer suya esa actitud de entrega, si es verdad que creen en él y lo siguen. Les resultaba, pues, cada vez más retador ponerse de parte de Jesús; sus exigencias iban en aumento.

Y se produce la deserción, el cisma. Muchos de los discípulos abandonan a Jesús, diciendo: Este lenguaje es inadmisible, ¿quién puede admitirlo? 
Jesús entonces, que conoce el interior de cada hombre y es consciente de la situación, se vuelve a los de su grupo más cercano, a los Doce, y les hace ver que ha llegado el momento de la verdad, les toca a ellos decidir si aceptan o rechazan su oferta: ¿También ustedes quieren irse? (v. 67). 

Como en otras ocasiones, Pedro toma la palabra en nombre del grupo. Su respuesta contiene una profesión de fe y quedará para siempre como el recurso de todo creyente que, en su camino de fe, experimente como los discípulos, la dificultad de creer, el desánimo en el compromiso cristiano, la sensación de estar probado por encima de sus fuerzas. Entonces, como Pedro, el discípulo se rendirá a su Señor con una confianza absoluta: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Sólo Tú tienes  palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por  Dios”. Jesús encarna en su persona y en el camino que ofrece la santidad de Dios. No se puede llegar a Dios, el Santo, sino por Jesús. La confianza que tiene Pedro en su Señor se basa en esta convicción, que resuelve toda duda y toda inseguridad. El encuentro con los valores que la vida de Jesús ofrece dignifica la existencia, porque en Él se muestra la santidad a la que todos estamos llamados.

Así, pues, el evangelio de hoy nos lleva a observar que lo que acontece en la comunidad de los Doce puede acontecer también en nuestra vida personal y en nuestra comunidad. 
Porque en todo proceso social o personal llega un momento en que la crisis se hace presente y no hay más remedio que optar y asirse de algo, pues sin confianza no se puede vivir. ¿Qué vida humana subsiste en solitario? ¿Qué persona puede vivir sin contar con sus semejantes? De nuestra relación a otros nos viene todo: el pensar, el hablar, el amar y hasta el haber nacido. Nos necesitamos y no sólo a nivel material, sino como personas dotadas de libertad, ideas y sentimientos, que se atraen y se complementan, que dan y comparten, buscan y piden, en una  trama de relaciones de intercambio y comunicación sólo posible porque se tiene confianza. Así, por ejemplo, para muchos es evidente que lo que les motiva a soportar una larga jornada de trabajo difícil y tedioso es, a fin de cuentas,  la confianza de hallar al volver a casa una mujer o un esposo, unos hijos que lo quieren y por los cuales vive. Y ocurre así en todos los órdenes: confianza en los padres, en el cónyuge, en los hijos cuando están pequeños y cuando se hacen grandes, en los amigos, en la Iglesia –sus hombres y sus instituciones–, en los maestros, en las autoridades, en los periodistas, en el taxista… 

No obstante, ¿quién no ha sentido o puede sentir decepciones y desengaños? Y, sin exagerar, ¿no está marcada nuestra época por un grave deterioro de la confianza mutua? Muchos por desengaños sufridos y por creer que no tienen en quien confiar dan cabida a procesos de desánimo y amargura que deterioran sus personas. Pero hay algo dentro de todos nosotros que reclama una verdad que no defraude, sin la cual la vida no tiene sentido. Algo que aunque todos los demás objetos de nuestra confianza fallen, eso se mantenga. Para los creyentes esta confianza viene de la fe, o mejor dicho, se funda en el amor de Dios por nosotros; amor que le hace escribir al profeta Isaías: ¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo nunca me olvidaré de ti. Mira que las palmas de mis manos te tengo tatuada (Is 49,15-16). Ese amor incondicional e indefectible de Dios por nosotros se nos ha revelado en plenitud en esa persona digna de toda confianza, autor y perfeccionador de nuestra fe (Hebr 12, 2), que es Jesucristo. 


Venir a la Eucaristía, recibir en ella el cuerpo del Señor, eso nos compromete a hacer sentir a nuestros hermanos la buena noticia del amor de Dios. Por eso hagamos nuestra la petición de la Plegaria Eucarística V: 

Danos entrañas de misericordia ante toda dolencia humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado; ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando.Y sea cual sea la dificultad o crisis por la que pasemos, mantengamos la confianza de Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.

lunes, 20 de agosto de 2012


 Yo soy el pan vivo bajado del cielo
(Jn 6, 52-59)


Los judíos no entienden. Llamarse Jesús “pan bajado del cielo” les parece una blasfemia: se hace Dios. Decir Jesús que quien lo come tiene vida eterna les resulta inadmisible porque se pone así por encima de la Ley, de Moisés, del templo, del sábado, de la religión, es decir de aquello de lo que, según la fe judía, viene la salvación. Además, eso de comer les resulta demasiado chocante y lo de beber sangre va directamente en contra del Levítico.

Pero Jesús no da marcha atrás, antes bien refuerza su afirmación: Yo les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. Expresiones sin duda duras, crudas, incomprensibles en cuanto metáforas que sugieren lo que debe ser la fe en él. Con ellas Jesús afirma que la adhesión a él por la fe, lleva a alimentarse de su persona, a nutrirse de sus actitudes y su modo de vivir. Eso es lo que da al hombre la vida plena, la vida que perdura, y que consiste en nuestra participación de la vida-amor de Dios. 

El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Lo propio del amor entre las personas es que las hace vivir en comunión. Es un recíproco permanecer en el otro, como vivir el uno en el otro, y vivir como en su propia casa, sintiéndose acogido, comprobando que la propia persona ya no se define a sí misma sino en su relación con el otro. Ya no dos sino uno solo, como en el amor nupcial. Es lo que alcanza Pablo por la gracia de Dios en él: Vivo yo, ya no yo, es Cristo que vive en mí (Gal 2). 

La carne y la sangre del Señor tienen que ver también de manera patente con la eucaristía. La terminología eucarística que emplea el evangelista Juan es clara. La comunidad a la que escribe su evangelio y todas las comunidades cristianas primitivas tenían por cierto que lo que Jesús les mandó realizar en la Última Cena antes de padecer fue un memorial que actualizaba su muerte y su resurrección. Eran conscientes de que en ella comían la carne y bebían la sangre del Hijo de Dios, hecho presente de manera real, activa y eficaz en la comunidad. Proclamaban así su muerte y su resurrección, y expresaban el anhelo más profundo que orientaba sus vidas: Marana-tha! Ven, Señor Jesús. 

San Juan en su evangelio, no trae el pasaje de la institución de la Eucaristía como lo hacen los otros evangelistas; pero trae a cambio este discurso sobre el pan de vida y el pasaje del lavatorio de los pies de los discípulos, pasajes en los que está explicado el misterio eucarístico en toda su profundidad. Por eso, no cabe duda que Jesús dio a este discurso, pronunciado después de la multiplicación de los panes, un  sentido eucarístico total. Y es que la fe exigida desemboca necesariamente en la eucaristía.

Los judíos no entendieron ni aceptaron el mensaje del pan que se entrega y da vida. Los cristianos sabemos muy bien que en la eucaristía Jesús se da por completo para la vida  de los hombres, haciéndose eficazmente presente y actuante de modo salvador. En el misterio eucarístico está presente el Señor con todo lo que él es y todo lo que él hace por nosotros: su Encarnación, su Muerte y su Resurrección. Las palabras del Señor en su discurso sobre el Pan de Vida y en su Última Cena nos llevan, pues, a apreciar el don del amor del Hijo de Dios, que por nosotros se hizo hombre, se inmoló en la cruz y resucitó para que también nosotros resucitemos con  él. 

Es importante redescubrir la conciencia que tenían los primeros cristianos de la koinonia con Cristo y en Cristo, unión con él hasta asumir sus actitudes. Comulgamos con Cristo, con todo lo que él es, su persona y su misión. Por eso, quien comulga con Jesús vive la inquietud por crear comunión, deseo supremo suyo. El hacer comunidad se convierte en la piedra de toque de nuestra comunión con Cristo, con todas sus consecuencias prácticas en todos los órdenes de la vida humana, personal y social. Sacramento de unidad, la Eucaristía incita a las comunidades a superar las divisiones. “Reúne en torno a Ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo”. 

En primer lugar, ser conscientes de lo que hacemos cuando nos reunimos para la Eucaristía. En ella está presente y se nos da como alimento la realidad total de Cristo, todo lo que fue y todo lo que es, el Cristo cabeza con sus miembros, que somos todos. Es reconocer que en el pan eucarístico se nos da el Cuerpo del Señor y es saber también lo que hacemos cuando recibimos el Cuerpo de Cristo.

Al recibir el pan y el vino, pronunciamos nuestro Amén a lo que significa el sacramento del Cuerpo del Señor, sellamos el compromiso de ser aquello que recibimos: otros Cristos, que viven en comunión entre sí y construyen comunión entre los hombres.

“El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que, a su debido tiempo, seamos transformados. Nosotros mismos hemos de llegar a ser Cuerpo de Cristo, consanguíneos con él. Todos comemos el único pan, y esto significa que también nosotros llegamos a ser uno. Está dentro de nosotros, y nosotros en él. Su dinámica nos penetra y, desde nosotros quiere propagarse a los otros y extenderse por el mundo entero, para que su amor llegue a ser la medida dominante en el mundo” (Benedicto XVI, Jornada de la Juventud, 21/08/05).

Nunca seremos más nosotros mismos, que cuando hagamos de nuestra vida una eucaristía continua, es decir, una vida entregada al servicio de los demás, teniendo como modelo al Cristo eucarístico. Y, como dice san  Pablo, nunca será plena nuestra eucaristía sino hasta que ofrezcamos nuestras vidas como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; pues tal ha de ser nuestro verdadero culto espiritual (cf. Rom 12, 1).

martes, 14 de agosto de 2012

Homilia Domingo 12 deAgosto de 2012


 Yo soy el pan de vida
(Jn 6, 44-51)


Los judíos rechazan las palabras de Jesús: Yo soy el pan que ha bajado del cielo, porque para ellos el pan del cielo es la Ley de Moisés, con la que expresaban su pertenencia al pueblo escogido de Dios y se sentían seguros de la salvación. Entienden que Jesús pretende estar por encima de la Ley, superior a Moisés, como Mesías que viene a fundar un nuevo pueblo escogido. A este nuevo Israel le ofrece Jesús como alimento otro pan superior al maná que comieron sus antepasados en el desierto, y que consiste en acogerle a él, tener fe en él. Así, Jesús sugiere que los acontecimientos fundantes de la historia de Israel (el éxodo de la esclavitud de Egipto y la alianza que Dios hizo con su pueblo) no venían a ser más que imágenes o anticipos de lo que Dios quería hacer por medio de él: comunicar la vida verdadera. En adelante, una nueva ley vendría a sustituir a la antigua e iba a consistir en comer y asimilar a Jesús, el enviado de Dios. Pero había algo mucho más sorprendente aún: al afirmar Jesús que él es el pan de Dios, da a entender que Dios habla en él, que él es la Palabra de Dios vivo. 

Ante la incredulidad de sus oyentes, Jesús no se echa atrás, insiste: Nadie pude venir a mí si el Padre que me envió no se lo concede… Quiere decir que el encuentro con él es una gracia que Dios ofrece a todos sus hijos e hijas, y mediante ella alcanzan la verdadera vida: Yo lo resucitaré en el último día. Jesús, el Hijo, da acceso a Dios, hace vivir como hijos y obtener la vida que perdura. Este anhelo a encontrarse con Dios, a tener una vida que perdure y a realizarse plenamente como persona, es, en cierto modo, inherente al ser humano, lo afirme o no explícitamente. De hecho, esta atracción puede intuirse en toda búsqueda humana de sentido y en toda realización o esfuerzo mediante el cual la persona se trasciende a sí misma.

Pero esta atracción fundamental del hombre a su plenitud no significa que, por sí mismo, pueda “ver” a Dios, es decir, tener acceso directo al misterio del ser divino. Es necesario un puente que una al hombre con Dios. Y es la función que le toca desempeñar a Jesús. Por eso en el evangelio de san Juan afirma Jesús:  No que alguien haya visto a Dios. Sólo el que ha venido de Dios ha visto al Padre. En Jesús, un hombre como los demás, se realiza la revelación definitiva y la máxima cercanía de Dios. Quien cree en él se encuentra con Dios y alcanza la más plena realización de sí mismo, que llamamos vida eterna.

Naturalmente, al no reconocer el origen divino de Jesús y verlo como un simple hombre, los judíos no pueden aceptar que se defina a sí mismo con el pan del cielo que da vida eterna. Pero Jesús reitera que la vida eterna, viene justamente de su humanidad, designada con el término carne entregada para la vida del mundo. Yo soy el pan vivo bajado del cielo (es decir, que procede de Dios). El que come de este pan (quien asimila mi vida, mi modo de ser hombre), vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne (mi persona, la totalidad de lo que yo soy). Yo la doy para la vida del mundo.

Carne y sangre, para la mentalidad hebrea, significaban la persona real, concreta y completa, en su realidad visible. La carne no era solamente el soporte material de la existencia, como la sangre tampoco era simplemente un elemento orgánico de la persona. Carne es la realidad humana plena, y sangre es sinónimo de la vida que Dios da y que a Dios pertenece. 

Comer su carne y beber su sangre significan entonces adherirse a él, entrar en comunión con él, asimilar su modo de ser. Eso es lo que da al hombre la vida que perdura, porque es participación de la vida-amor de Dios, que es más fuerte que la muerte. Por eso, aunque a los judíos les resultó un lenguaje duro y crudo, Jesús no dudó en emplear el verbo comer, porque comer significa asumir, digerir, asimilar. Comer el cuerpo de Jesús, pan nuestro, es convertirnos en él. Amándolo y comiendo su carne nos hacemos hijos de Dios, entramos en comunión con el Padre y con nuestros semejantes.


Podríamos decir que las dos afirmaciones más importantes del evangelio de hoy son éstas: “Les aseguro: el que cree tiene vida eterna”, y  “El que come de este pan vivirá para siempre”. Creer en Jesús, asumir como propio lo que él y lo que él enseña; comer  el pan de su cuerpo, es decir, asimilar su ser, en eso consiste la «vida eterna» que se concede vivir ya desde ahora. Por vida eterna entendemos no solamente una vida que trasciende los límites del espacio y del tiempo y va más allá de la muerte, sino tener la vida definitiva, la que todo ser humano anhela, “vida de profundidad y calidad nueva, vida que pertenece al mundo definitivo. Una vida que no puede ser destruida por un bacilo ni quedar truncada en el cruce de cualquier carretera” (Pagola). Una vida así sólo es posible si entramos a participar en la vida misma de Dios. Y eso es justamente lo que Jesús nos ofrece y promete.


Nunca quizá la vida ha estado tan amenazada en la historia como en los tiempos actuales. Y por eso quizá nunca ha sido tan apremiante la tarea de asegurar para todos una calidad de vida que sea verdaderamente humana, es decir, sana, libre, cultivada, creativa, gozosa, en una palabra, vida plena. El evangelio de hoy nos recuerda que el horizonte de realización de esa vida en plenitud es y sólo puede ser Cristo y su evangelio. Si nos dejamos guiar por los valores del evangelio y nos nutrimos del pan que es su vida, crecemos verdaderamente en humanidad, vivimos el tipo de vida que vale la pena vivir y que tiene en sí valor de eternidad. Para nosotros, el reproducir en nuestra existencia los valores y actitudes característicos de la vida de Cristo es la manera más auténtica de vivir como seres humanos. “Ser cristiano significa ser hombre, no un tipo de hombre, sino el hombre que Cristo crea en nosotros”.

Por eso venimos a la eucaristía, para alimentarnos del pan de vida eterna.