miércoles, 16 de enero de 2013

13 de Enero de 2013


El bautismo de Jesús 
(Lc 3, 15-16.21-22)

Probablemente este relato circulaba entre las comunidades cristianas antes de que se escribieran los evangelios. Y es seguro que narra un hecho histórico, no inventado, puesto que debió ser muy difícil para los primeros cristianos aceptar, por una parte, que Jesus se había hecho bautizar por Juan, lo cual significa haberse sometido a él, y, por otra parte, haberse puesto como un pecador, ya que el bautismo de Juan era “de conversión para el perdón de los pecados” (3,3). Se trata, además, de un hecho especialmente significativo, razón por la cual los tres Sinópticos lo traen y el cuarto evangelio, aunque no lo cuenta, pone en labios del Bautista una frase que hace suponer que se conocía la tradición del bautismo de Jesús: “Juan dio testimonio diciendo: Yo he visto que el Espíritu descendía del cielo como una paloma y permanecía sobre él” (Jn 1,33). 

En Lucas, el bautismo de Jesús aparece al inicio del evangelio y sirve de ángulo de mira para entender la finalidad que tiene el evangelio: dar a conocer quién es Jesús. En el Jordán, se nos dice que Jesús es el Mesías, el Cristo, portador del Espíritu, y el Hijo amado de Dios, en quien Dios su Padre se complace. 

Muchos ven en el bautismo de Jesús un aspecto vocacional, en el sentido de que ahí se manifiesta simbólicamente la misión a la que Jesús es enviado por su Padre: misión salvadora que no corresponderá a las expectativas mesiánicas que se habían hecho los judíos, de un libertador político que se impondría con la fuerza y el poder, sino a la del Hijo que, siendo de condición divina, por amor a nosotros asume nuestra condición débil y pecadora. “No se coloca ‘sobre’ sino ‘con’ el ser humano, en perfecta coherencia con el Dios-con-nosotros” (S. Fausti). Alineado entre los pecadores, como uno más entre ellos, actualiza en su persona lo que había anunciado el profeta Isaías: “Fue contado entre los malhechores” (Is 53,2). Y esto es lo que los evangelistas observan en el hecho de aceptar Jesús ser bautizado por Juan: “un día cuando se bautizaba mucha gente, también Jesús se bautizó”, es decir, como uno más.

El bautismo se hacía por inmersión. Hundirse en el agua era símbolo del morir. En ello vio la fe cristiana un anuncio de que el Mesías tendría que sumergirse en la muerte para salir de ella vencedor e iniciar una vida nueva para él y nosotros. Este es el Mesías, Hijo de Dios y hombre entre los hombres, solidario con nosotros hasta experimentar una muerte como la nuestra.

Dice Lucas que mientras Jesús oraba después de su bautismo, se abrió el cielo. Esto quiere decir que quedó abierto el acceso directo a Dios; el muro del pecado que impedía la comunicación de los hombres con Dios, se derrumba; el futuro cerrado de la humanidad se abre en esperanza. Para Israel la comunicación de Dios a los hombres había terminado en la época de los profetas: ya no se esperaba que Dios hablase. Para el mundo del paganismo, por su parte, el horizonte de la historia estaba cerrado por el destino y la fatalidad. Con Jesús los cielos se abren. Dios se acerca de manera  definitiva, habla y actúa en Jesús. El horizonte de la realización del ser humano se extiende hasta la unión con Dios, hasta nuestra participación en la vida misma de Dios. 

“Y Espíritu Santo bajó sobre él en forma visible, como de una paloma”, prosigue Lucas. El mismo Espíritu que fecundó el seno virginal de María para realizar la encarnación del Hijo de Dios, desciende ahora para consagrar a Jesús y conducirlo a la obra de su ministerio
 (cf. Lc 3, 22; 4,1; Hech 10, 38). Por poseer plenamente al Espíritu divino, Jesús se comprenderá a sí mismo como el Hijo querido del Padre, y se sentirá impulsado a realizar el proyecto de salvación: “El Espíritu Santo está sobre mí... me ha enviado a traer la buena nueva...” (Lc 4, 18).

“Y se oyó entonces una voz que venía del cielo: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Estas palabras del Salmo 2,7 las cantaba el pueblo de Israel en la celebración de la fiesta de la entronización de su rey. Pero mientras al rey de Israel se le llamaba Hijo de Dios por adopción y en cuanto representante del pueblo escogido, aplicado a Jesús este título expresa su íntima y singular vinculación con Dios: Jesús es el hijo engendrado por Dios antes del tiempo, es la presencia de su palabra y de su obrar salvador, hasta el punto que no se entiende la persona de Jesús sino como Hijo de Dios. Ahora bien, como, además, el término “hijo” escrito en griego significaba también “siervo”, hay aquí una alusión al Siervo sufriente del que habló el profeta Isaías (42,1), y que los evangelios Sinópticos parecen tener en cuenta. Jesús asume esa conciencia de su propio ser y acepta su misión, misión que él vivirá precisamente como el paso por un bautismo: “¿Pueden beber el cáliz que voy a beber y ser bautizados en el bautismo que voy a pasar?” (Mc 10,38;  cf. Lc 12, 49s).  Se puede decir, entonces, que en el bautismo en el Jordán queda estructurado todo el camino de Jesús y del cristiano, camino contrario al que el mundo ofrece, camino del Hijo-Siervo de Dios que conduce a la exaltación.

Digamos, en fin, que el relato del bautismo de Jesús tiene también un cometido eclesial: remite al significado del bautismo en la Iglesia, con el que nos unimos a Cristo. 

También nosotros fuimos bautizados. Dios tomó posesión de nosotros y no sólo de nuestra parte afectiva y sentimental, o de nuestra razón, ideas y especulaciones, o de las emociones religiosas, sino que entró en lo más íntimo de nuestro ser y puso en él su propio ser divino. Esta es nuestra verdad: que ya desde los primeros días de nuestra vida, Dios se comprometió con nosotros, y de manera pública, solemne, infundiéndonos su vida, por el Espíritu del amor que derramó en nuestros corazones. En el bautismo, también de nosotros dijo Dios: Tú eres mi hijo y te convierto en templo de mi Espíritu. A partir de entonces Dios habita en la profundidad de nuestro ser, allí donde quizá no logramos llegar con los recursos de la psicología profunda, allí, en la hondura de nuestra intimidad, en donde habita el Espíritu que nos hace decir con infinita confianza: Abba, Padre querido. Confirmemos nuestro bautismo, demos testimonio de él con lo que hacemos y vivimos. ¡Vivamos como bautizados! Hagamos ver que por nuestro bautismo pertenecemos a Dios, estamos ungidos y configurados con Cristo –alter Christus-, para continuar su obra: hacer el bien, liberar, practicar la justicia. 

lunes, 7 de enero de 2013

6 de Enero de 2013


EPIFANÍA
 (Mt 2, 1-12)


Es una fiesta hermosa la Epifanía, la manifestación del Señor como Salvador de todas las naciones, simbolizadas en esos personajes tan queridos para todos nosotros, los reyes magos, los sabios de Oriente. 

No es del caso examinar aquí la exactitud histórica del relato. Lo importante en él son los símbolos, a través de los cuales el evangelio de san Mateo nos ayuda a comprender la identidad mesiánica del Niño que ha nacido en Belén para traer la salvación a todas las culturas y razas del mundo. Nuestra fe en esta manifestación (epifanía) de Dios nos hace unirnos fraternalmente a todos los seres de buena voluntad que, por encima de su ubicación social o cultural, en el tiempo o en la geografía del mundo, buscan la luz, buscan de diversas maneras –siempre guiados por el único Dios y por su Espíritu– el sentido que deben dar a su vida, la rectitud que debe caracterizar su conducta en favor del amor, la paz y la justicia. Para ellos nace el Señor.  

Esto supuesto, debemos decir que el primer símbolo que aparece en el relato es la luz. Las primeras comunidades cristianas –y nosotros con ellas– reconocían a Cristo como la Luz de Dios que viene a iluminar al mundo. Cristo dirá: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12); Luz de Dios encarnado en el hombre Jesús para todos las personas de buena voluntad: “los pecadores y los magos, los pobres y los sabios de todos los tiempos suficientemente pequeños para buscar y suficientemente humildes para acoger la Luz del Señor” (Card. Alexander Renard).

Los magos, por tanto, representan a los sabios de todos los tiempos que buscan sinceramente la verdad por medio de la inteligencia y llegan a percibir los signos de Dios en la naturaleza, en el devenir humano y en el mundo; pero sólo llegan al conocimiento pleno de la verdad cuando se dejan iluminar por el Ser Supremo, cuya revelación conservaba el pueblo de Israel en la Sagrada Escritura.

Los magos aparecen en Jerusalén, la santa ciudad que sí posee la Escritura, la luz de la revelación de Dios pero que, en lugar de aceptarla, la rechaza hostilmente. En Jerusalén sobresale, además, como personaje importante del relato, el rey Herodes, rodeado de los sumos sacerdotes y maestros de la ley, que “conocen las Escrituras pero son incapaces de andar pocas millas para adorar a Jesús en Belén. Los que presumen ser el verdadero Israel rechazan al Mesías que Dios les prometió. Pero los paganos lo acogen y se llenan de alegría” (J.L. Sicre, El Cuadrante).

También ahora se dan esas actitudes opuestas: la de quienes con humildad y sencillez buscan la verdad y la de quienes se quedan encerrados en sus propios intereses y en sus propias persuasiones, no descubren la verdad y terminan atacándola. 

La presencia del Salvador que brilla en el interior de las personas y en el interior de las culturas está simbolizada en la estrella; es la sabiduría, principio de toda búsqueda. Pero se trata de una sabiduría que se abre a la revelación de una verdad suprema, que no siempre puede ser aprehendida y dominada por la razón humana porque es una verdad trascendente, cada vez mayor, siempre mayor. Esta sabiduría guía y conduce a los pueblos y culturas en sus caminos, por extraños que nos parezcan, en sus éxodos, tantas veces trabajosos y difíciles. Es la “luz de estrella que brilla en la noche” (Sab 10,17). Siguiendo sus indicaciones, la estrella reaparece con una luz nueva: la razón, iluminada por la revelación, llega a conocer lo que busca. 

Dice el evangelio que llegaron los Magos a Belén, hallaron al Niño y a su madre, se les llenó de gozo el corazón y, abriendo sus cofres, le ofrecieron oro, incienso y mirra. El tesoro en el evangelio de Mateo es el propio corazón: “donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6,21; 12,35; 13,52; 19,21). Los Magos abren su corazón y ofrecen lo que contiene. El oro, riqueza visible, representa lo que uno tiene; el incienso, invisible como Dios, representa aquello que uno más desea; la mirra, ungüento que cura las heridas y preserva de la corrupción, representa lo que uno es, su condición mortal. Todo lo que el hombre tiene, pero sobre todo lo que desea y le falta por alcanzar, todo eso es el tesoro. Se trata de abrir a Dios el propio tener, el propio deseo, y la propia necesidad. Y Dios entra a nuestro tesoro. Dando todo lo que tienen, los Magos hacen entrar a Dios en su vida y le reconocen –según la antigua tradición- como rey, como Dios y como hombre. 

Advertidos de que no volvieran donde Herodes, los magos retornan a su región de origen pero por otro camino. Quien se encuentra con Cristo cambia de camino en la vida, queda transformado. Ya no son como antes estos hombres. Buscaban a Dios y fue Dios quien los encontró. Ahora llevan consigo al Emmanuel, al Dios-con-nosotros. Quedémonos con este hermoso mensaje: 

“La noche de la vida puede estar muy ennegrecida por el pesimismo, la niebla puede ser muy espesa y perturbar la vista con las pasiones o la tristeza, ¿pero buscamos entonces y siempre la luz? Pronto o tarde, si el corazón sigue abierto un poco a la esperanza, a un amor, es imposible que no aparezca una estrella que ilumine y caliente. Si se presta atención al Espíritu, si se echa una mirada leal al Evangelio, entonces una luz responderá; Cristo nos dirá el sentido de la vida y de la muerte: “Amarás a Dios con todo tu corazón, amen como yo los he amado” (Mc 12,30; Jn 13,34). Este es el sentido –el significado y la dirección–; jamás se equivoca nadie que sigue a Cristo: “El que me sigue no anda en tinieblas” (Jn 8,18). Siempre hay una estrella, jamás el cielo está totalmente cubierto. “Busquen y encontrarán” (Lc 11,9): a quien pide una estrella, Dios no le dará la noche” (Card. Alexander Renard). 

miércoles, 2 de enero de 2013

1 de Enero de 2013


1º de Enero de 2013

La primera lectura (Num 6, 22-27) de la misa en este primer día del año nuevo nos enseña una manera bella y profunda de felicitarnos unos a otros y expresarnos nuestros deseos de felicidad, paz, unión y prosperidad. Es la bendición que los sacerdotes pronunciaban sobre los israelitas: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor”. Deberíamos inspirarnos en esta bendición para felicitarnos por el Año Nuevo. Con ella reconocemos que todo lo hemos recibido de Dios N.S., confiamos en que nos dará lo que le pedimos, y nos hacemos disponibles para aceptar y recibir lo que él quiera darnos. 
 La segunda lectura (Gal 4,4-7) nos recuerda que Dios, llegado el momento fijado por él desde la eternidad, hizo nacer a su Hijo de una mujer, María de Nazaret, para salvarnos. Cristo entró en nuestra historia, por eso es también un ser nacido “bajo la Ley”, lo cual quiere decir que comparte nuestra suerte. Su cercanía hace que toda persona pueda vivir sin temor en la libertad de los hijos e hijas de Dios. 
El evangelio (Lc 2,16-21) resalta la figura de María como madre de Dios. Desde los primeros tiempos del cristianismo se le atribuyó este título. Llamar a María Madre de Dios es afirmar que Jesús, fruto bendito de su vientre, es el Hijo de Dios, de la misma naturaleza divina que el Padre. Como madre María le dio un cuerpo, como educadora modeló su temperamento, le transmitió su sensibilidad, su modo de ser. En verdad, el Señor hizo maravillas en María, y nosotros de generación en generación la proclamamos dichosa. 
Hoy se celebra también la Jornada Mundial por la Paz, en la que el Papa, dirigiéndose al mundo entero, nos exhorta a mantener nuestros esfuerzos por crear un clima de convivencia y de paz. Hagamos nuestras las palabras del Mensaje de Benedicto XVI, del que extraigo párrafos importantes.
Comienza diciendo que causan alarma los focos de tensión y conflicto provocados por la desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad individualista, que se expresa en un capitalismo financiero no regulado. Además del terrorismo y la delincuencia, señala también el Papa que representan un peligro para la paz los fundamentalismos y fanatismos que distorsionan la naturaleza de la religión, llamada a favorecer la comunión y reconciliación. 
Sin embargo, reconoce, se dan numerosas iniciativas de paz que enriquecen el mundo y atestiguan la vocación universal a la paz. El deseo de paz es inherente al ser humano, y coincide con el deseo de una vida humana plena, feliz y lograda, que forma parte del plan de Dios. El hombre está hecho para la paz, que es un don de Dios. 
La paz implica la participación de todo el hombre. Se trata de paz interior con uno mismo, y paz exterior con el prójimo y con toda la creación. Comporta principalmente, como escribió el beato Juan XXIII en la Encíclica Pacem in Terris hace 50 años, la construcción de una convivencia basada en la verdad, la libertad, el amor y la justicia. La realización de la paz depende en gran medida del reconocimiento de que, en Dios, somos una sola familia humana. Se estructura mediante relaciones interpersonales e instituciones apoyadas y animadas por un « nosotros » comunitario, que implica un orden moral interno y externo, en el que se reconocen los derechos recíprocos y los deberes mutuos. La paz es un orden vivificado e integrado por el amor, capaz de hacer sentir como propias las necesidades y las exigencias del prójimo, de hacer partícipes a los demás de los propios bienes, y de tender a que sea cada vez más difundida en el mundo la comunión de los valores espirituales. 
Trabajan por la paz, entonces, quienes aman, defienden y promueven la vida en todas sus dimensiones: personal, comunitaria y transcendente. La vida en plenitud es el culmen de la paz. Quien quiere la paz no puede tolerar atentados y delitos contra la vida. 
Especial énfasis pone el Papa en el papel que le corresponde a la familia en la construcción de la paz. Comienza por decir que, para ello, la estructura natural del matrimonio debe ser reconocida y promovida como la unión de un hombre y una mujer, frente a los intentos de equipararla con formas radicalmente distintas de unión, que dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su papel insustituible en la sociedad. 
Ninguno puede ignorar, dice el Papa, el papel decisivo de la familia. Ésta tiene como vocación natural promover la vida: acompaña a las personas en su crecimiento y las anima a potenciarse mutuamente mediante el cuidado recíproco. La familia es indispensable en la realización de una cultura de la paz. En la familia nacen y crecen los que trabajan por la paz, los futuros promotores de una cultura de la vida y del amor. Los que trabajan por la paz están llamados, por tanto, a cultivar la pasión por el bien de la familia y la justicia social, así como el compromiso por una educación social idónea.
Pasa luego el Papa a subrayar el valor del trabajo, uno de los derechos y deberes sociales más amenazados. El trabajo y el justo reconocimiento del estatuto jurídico de los trabajadores no están adecuadamente valorizados, porque el desarrollo económico se hace depender sobre todo de la absoluta libertad de los mercados. El trabajo es considerado una mera variable dependiente de los mecanismos económicos y financieros. A este propósito, reitera que la dignidad del hombre, así como las razones económicas, sociales y políticas, exigen que « se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos, o lo mantengan ». A este bien corresponde un deber y un derecho que exigen nuevas y valientes políticas de trabajo para todos. 
Pidamos, pues, en el año que comienza que la paz de Dios reine en nuestros corazones, en el país y en el mundo y hagamos nuestros los deseos del Santo Padre de profundizar entre nosotros como parroquia una auténtica comunión de los valores espirituales.

Acción de Gracias 2012

ACCIÓN DE GRACIAS
31 de diciembre de 2012

La celebración de esta noche no es un invento de la Iglesia. No es fiesta litúrgica. Pero es una fiesta humana. Al cerrar el año y esperar el inicio del nuevo nos reunimos para dar gracias a Dios y reafirmar nuestra confianza de que por encima del tiempo que pasa, hay algo que permanece inmutable: el amor de Dios por nosotros. Dios está por encima de todo, su amor llena la tierra, el espacio y el tiempo. “En el principio ya existía la Palabra. La palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ya al principio ella estaba junto a Dios. Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir” (Jn 1, 1-3), dice el evangelio de Juan que acabamos de oír. 

La fiesta de Año Nuevo tiene también un cierto sabor agridulce. El paso irreversible  del tiempo hace sentir una cierta inquietud. Lo bueno, bello y verdadero pide permanencia; lo que emprendemos pide continuidad; y para lo que queremos realizar casi siempre nos falta tiempo. Sin embargo, es cierto que muchas cosas perduran: en lo que vivimos con cariño y en lo que recibimos con amor, el tiempo como que se cristaliza, adquiere densidad y consistencia. Y siempre hay algo que el tiempo trae y que es quizá lo más importante: el tiempo hace posible el encuentro. Nuestros encuentros interpersonales son la causa de nuestras mayores alegrías, de nuestros asombros y sentimientos de gratitud, de nuestros gestos de entrega y donación. Todo esto ayuda al creyente a ver las cosas en profundidad y advertir la presencia y acción de Dios en todo, pues Dios quiso revelarse en el tiempo, Dios se hizo tiempo. En esto fundamentamos nuestra convicción de que si Dios estuvo al principio, estará hasta el final con su mismo amor providente; si se dignó iniciar en mí la obra buena, fiel es él para llevarla a término. “Yo soy el Señor desde el principio y lo seré hasta el fin”, nos dice por medio de Isaías (Is 41,4). Y de nuestra parte nos movemos a decirle: “Señor,  tú eres mi Dios. Mi vida está en tus manos” (Sal 31). Enséñame a estar presente en los años que nos das, a vivirlos con hondura y responsabilidad. Enséñame a llenar de significado mis días, sabiendo que tú estás en ellos. 

De este modo, en el último día del año, podemos recoger todo lo vivido en una acción de gracias. Los grandes hombres y mujeres son siempre agradecidos; atribuyen espontáneamente a Dios, fuente de todo bien, lo que tienen y hacen. María proclama la grandeza del Señor y su espíritu se alegra en Dios, Salvador. Jesús agradece a su Padre porque ha ocultado los misterios de su reino a los sabios de este mundo y se los ha revelado a los pequeños, y porque le ha dado a sus discípulos sacándolos del mundo. Siguiendo su ejemplo, aprendemos a admirar la obra que Dios cumple en cada uno de nosotros. Sin capacidad de admiración, todo hasta las cosas más finas, valiosas, sorprendentes, nos pueden parecer banales y entonces no las agradecemos. Recordando, pues, como recomienda San Ignacio en los Ejercicios, los beneficios recibidos, y “ponderando con mucho afecto cuánto ha hecho Dios N.S. por mí”, le decimos recíprocamente: “Tú me lo diste, a Ti Señor lo torno. Todo es tuyo. Dame tu amor y tu gracia, porque ésta me basta.”

El Año Nuevo nos asegura también en la esperanza. La esperanza es esencial al ser humano, la llevamos dentro y no se vive sin ella. Pero no podemos confundirla con las cosas pasajeras que esperamos y que finalmente acaban o nos defraudan. La esperanza cristiana nos hace estar abiertos a algo más allá y mayor de lo que somos y tenemos. Nos hace afirmar que somos peregrinos hacia un futuro que traerá consigo la realización plena, el logro de aquello que da sentido a nuestra vida. Cuando la esperanza es corta, la meta que se busca se pierde entre la pluralidad de las cosas que pasan. Cuando la meta de lo que aguardamos es elevada, nos elevamos sobre lo pasajero, cobramos ánimos para seguir luchando, seguir subiendo.

La razón última de nuestra esperanza es Jesucristo, en quien Dios vino a nosotros trayéndonos la buena noticia de que valemos tanto ante sus ojos, que ha entregado a su propio Hijo para que ninguna vida se pierda. Mantenemos nuestra esperanza porque constatamos, por la fe, que las promesas hechas por Dios a la humanidad se realizaron en Jesucristo. Gracias a él, todo ser humano puede ver posible un nuevo porvenir. Por tanto, podemos decir –sea cual sea nuestro dolor, nuestro fracaso o nuestra noche- nada está perdido, nada se pierde irremediablemente. Siempre hay algo que perdura y da luz y sentido: la posibilidad de ser como Él, de parecernos un poco a Él y hacer más santa la vida. 

Todo lo que tenemos lo hemos recibido, todo lo hemos de compartir. Si el Señor nos enriquece, debemos dar a manos llenas. Que cada día del año que comienza sea mucho más que la suma de las preocupaciones que traiga consigo. Que el año nuevo traiga consigo una gracia muy superior al desgaste del tiempo. Año nuevo, vida nueva, solemos decir. Ojalá sea así, ¡siempre nueva! Que sigamos firmes en nuestra lucha por valores altos en la familia, en la sociedad y en la Iglesia; que sigamos infundiendo esperanza a los que caen en el camino; escuchando al que necesita comunicarse con alguien; que visitemos al que está solo o enfermo, que no dejemos de colaborar para que se ponga remedio a las injusticias; que seamos simple y llanamente buenos, humanos, cristianos, aunque en muchos momentos comprobemos que no somos lo que deberíamos ser. En una palabra que en los próximos 365 días pensemos en los demás. Entonces el 2013 será un ¡Feliz Año Nuevo!
¡Feliz Año Nuevo para todos ustedes!


lunes, 31 de diciembre de 2012

Domingo 30 de Diciembre

El Niño Jesús en el templo
Lc 2, 41-50  

 “Iban sus padres todos los años a Jerusalén…”. Se iba dos veces, por la fiesta de los tabernáculos y por la pascua. Si eran pobres o estaban lejos, iban una sola vez. Los menores hasta los 13 años, iban con sus padres. Recibían de ellos la educación, centrada en la Palabra, hasta que se convertían en “adultos”, “hijos de la ley”.
Se quedó en Jerusalén. Los otros se van. Él se queda. Toda la vida de Jesús se desarrollará como una peregrinación hacia Jerusalén, pues allí es donde se revelará plenamente su ser Hijo de Dios, salvador y redentor. 
Lo buscaban. No se imaginan otra cosa sino que debe estar con los parientes y conocidos. Angustia, impotencia de quien no encuentra al ser querido, a la persona que uno no puede dejar de buscar. Nos remite a la angustia de las mujeres en el sepulcro, que buscarán entre los muertos al que está vivo. 
Lo hallaron en el templo. Después de tres días. Es encontrado en el santuario, sentado, enseñando con autoridad la Palabra de Dios a los maestros de la Palabra. También al tercer día después de ser crucificado, resucitará y dará cumplimiento a todas las Escrituras. Asimismo, como su padre y su madre que lo buscaron tres días en vano, también los apóstoles y las santas mujeres lo buscarán tres días, preguntándose sobre su  pasión sin hallar respuesta. Nosotros, en fin, igualmente lo buscamos sin saber dónde. El texto nos da la respuesta
¿Por qué me buscaban? No sabían ustedes que… No reprocha la búsqueda, sino el modo, propio de quienes no entienden los planes que tiene Dios. Y es aquí cuando Jesús  por primera vez habla de Dios como su Padre. “Abbá”, es la primera y última palabra de Jesús en el evangelio. Él ha venido a revelárnosla, a hacer que brote espontánea en nuestro corazón, para que vivamos siempre sin temor como como hijos e hijas de un Dios bueno. Jesús está en las cosas de su Padre, debe ocuparse de ellas porque es el Hijo que escucha y cumple a lo que el Padre ha dicho. En las cosas de su Padre, se encuentra como en su propia casa, porque su alimento es hacer su voluntad. 
Ellos nos comprendieron lo que les decía. Como María, tampoco nosotros comprendemos de inmediato el misterio de los tres días de Jesús con el Padre. Su madre conservaba estas cosas en su corazón. Como Ella, meditamos también las palabras, las aprendemos de memoria, procuramos asimilarlas en nuestra vida.
Bajó con ellos a Nazaret, donde vivió obedeciéndoles… Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres. Necesitamos contemplar la vida familiar de José, María y Jesús en Nazaret para procurar imitarla en nuestros hogares: cómo se relacionaban entre sí y con los parientes, amigos y conocidos, cómo llevaban juntos el peso de los días, trabajos y obligaciones; cómo conversaban y dialogaban, cómo proyectaban sus empresas, cómo descansaban juntos, oraban juntos, iban juntos a la sinagoga y al templo. 

La familia es como la tierra: engendra y nutre plantas sanas o raquíticas según la calidad de los nutrientes que posee. Es verdad que la familia no lo es todo, y que hay casos en los que uno dice: ¡felizmente que la familia no lo es todo!, porque si así fuera tal o cual persona estaría moralmente herida de muerte, con traumas y carencias sin remedio; pero a Dios gracias otras personas suplieron en su caso lo que la familia les negó. Esto supuesto, lo normal es que a la familia le corresponda una aportación decisiva en la construcción de la personalidad del ser humano. Desde que abrimos nuestros ojos en el regazo de nuestra madre y desde que iniciamos el proceso primario de nuestra autoconciencia como seres distintos, frente a la mirada cariñosa o airada de nuestra madre y de nuestro padre, la familia marca nuestra fisonomía física, psíquica, cultural y social. Nos abrimos a la vida y la vamos descubriendo a través de los ojos de nuestros padres y de nuestros hermanos. Lo que vivimos y sentimos en esos  primeros años nos marcó para siempre. En el tejido de las relaciones familiares, se nos educó nuestra capacidad de relación: aprendimos a avanzar desde los primeros vínculos marcados por necesidades instintivas primarias (consumir, retener, rechazar, dominar, competir) a vínculos que manifiestan mutualidad, sociabilidad, dar y recibir. Por eso, es innegable el rol que le corresponde al ámbito familiar en el proceso de la formación de la conciencia, en la elaboración de la cultura de los valores, de los sentimientos y de los afectos. 

Es ya un lugar común decir que la familia está en crisis, pero no cabe duda que el problema es serio. Además de ir en aumento el número de familias incompletas y de hijos nacidos fuera de matrimonio, las familias bien constituidas padecen un incesante bombardeo de mensajes que minan su unidad. A la casa entran, violando controles y vigilancia, los contenidos directos o subliminales de los medios de comunicación: violencia, pornografía, frivolidad, relativismo moral e increencia. Se añaden a esto las dificultades económicas: la falta de trabajo, que genera tanta angustia y desasosiego, o el tener que sobrecargarse y pasarse la mayor parte del día fuera del hogar, y aun emigrar lejos de la patria para poder cubrir el presupuesto familiar. Por estas y otras causas de orden moral y social, la familia puede ser en algunos casos la primera célula neurótica de la sociedad. La familia es el ámbito en el que es posible vivir las mayores alegrías y también los más duros sufrimientos y tribulaciones.

Todos sabemos que hay tanto de lo uno como de lo otro, y que el problema no está en la institución, en cuanto tal, sino en las personas que componen cada familia. Ellas son, en definitiva, las que preparan y abonan la tierra para que la frágil planta que es una persona crezca sana. Cuando un hombre y una mujer se aman de verdad (y esta es la condición sine qua non para que haya familia), se da el calor afectivo que propicia el diálogo, el espíritu de superación y, sobre todo, de fe. 

Pido, pues, para Uds., queridos hermanos y hermanas, que la Sagrada Familia obtenga para sus hogares un clima afectivo en el que todos sientan que se quieren y se valoran. Así los niños y los jóvenes podrán educar su autoestima, aprenderán el manejo de sus sentimientos y asimilarán la solidaridad, la compasión y la sensibilidad hacia sus prójimos.

Que se cultive el diálogo en los hogares, de tal modo que sea posible hablar y ser escuchado, poner sobre la mesa los asuntos y llegar a acuerdos efectivos, después de decir cada uno lo que piensa. 
Es normal que haya conflictos por las diferencias generacionales y la diversidad de opinión. Que Dios les inspire sabiduría y tacto para hallar la ocasión de abordar los problemas, tratarlos adecuadamente y darles solución.
Finalmente, que sus familias demuestren la calidad de su fe. La familia es la primera educadora de la fe: cuida la fe, recuerda a Jesucristo, enseña a rezar, mantiene firme sus convicciones y prácticas religiosas a pesar de tanta indiferencia, incredulidad y vacío de Dios. Sobre esta base sólida de la fe, la familia forma en sus miembros una conciencia moral responsable, basada en valores consistentes y trascendentes.
Feliz año y paz para todas las familias. Que María recoja nuestros mejores deseos y los presente con su solicitud maternal ante el Padre. 

jueves, 27 de diciembre de 2012

Homilía del 25 de diciembre - 2012

PASTORES
(Lc 2, 15-20)
El texto está escrito para ayudarnos a vivir hoy lo que un día se reveló en Belén. Nos pone con María, José y los pastores para que también nosotros podamos mediante la fe, mirar, tocar, penetrar en la significación profunda de esta manifestación del Hijo de Dios, tan sencilla, tan humilde, tan bella. 
Nada de lo que nos dice el evangelio acerca de nuestra salvación está elaborado con el material que emplean las leyendas y los cuentos. La obra de salvación que Dios realiza no está fuera del tiempo y del espacio, ocurre en la historia, tiene lugar y fecha. “En aquellos días, el emperador César Augusto promulgó un decreto ordenando un censo de los habitantes del imperio. Fue el primer censo que se hizo siendo Quirino gobernador de la Siria”. 

Esta verdad es reconocida por todos, aun por no cristianos como Ernst Bloch en su libro El Principio de la Esperanza: «Se reza a un niño nacido en un establo. No cabe una mirada a las alturas hecha desde más cerca, desde más abajo, desde más en casa. Por eso es verdadero el pesebre: un origen tan humilde para un Fundador no se lo inventa uno. Las sagas y leyendas no pintan cuadros de miseria y, menos aún, los mantienen durante toda una vida. El pesebre, el hijo de un carpintero, el profeta que se mueve entre gente baja y el patíbulo al final…, todo eso está hecho con material histórico, no con el material dorado tan querido por la leyenda».

La atención de la gente había quedado ocupada con la noticia de aquel censo, demostración del poder dominante del emperador Augusto, que quería saber el número de sus súbditos, a cuántos podía cobrar impuestos y a cuántos podía reclutar para la guerra. Frente a aquella exaltación del poder del hombre sobre el hombre, pasó inadvertida la noticia de María, una pobre mujer, que por cumplir el mandato del César llegó con su esposo José a la ciudad de David, le llegó la hora del parto, dio a luz a su hijo, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo sitio para ellos en la posada. 

Pero quien nace en Belén de manera tan inadvertida no es un niño judío cualquiera sino el esperado de las naciones, el Mesías, el Señor. El cielo es quien acredita al recién nacido como el Salvador de la humanidad; no el emperador reinante en la capital de su imperio. Y los primeros que reciben la voz del cielo son unos pastores, representantes de los pobres y sencillos de corazón a quienes Dios habla y se han hecho capaces de oírle. “No teman, les anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo: Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, el Mesías, el Señor”.


Unidos a los pastores decimos también nosotros: “Vamos a Belén a ver eso que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado”. Hallamos a un Niño acostado en un pesebre. Un Dios pequeñito, sin sueños de grandeza ni de poder, débil y frágil como nosotros, en la humildad de nuestra condición humana. Ha hecho suya nuestra vida, tal como ella es, para estar siempre a nuestro lado. En adelante, nuestra propia existencia se convierte en el lugar donde podemos encontrarnos con él y sentir su bondad, su gracia y su perdón. En  adelante también en toda vida humana él puede salir a nuestro encuentro y darnos alcance para compartir nuestro pan. 

Después de adorar al Niño, “los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído, tal como se les había dicho”. Han comprobado que Dios cumple su palabra. Vuelven a su vida de todos los días con el corazón lleno de alegría, confirmados en la esperanza. A partir de ahí, todo el que con fe y humildad, como los pastores, reconoce en el Niño de Belén “la bondad de Dios nuestro salvador y su amor a nosotros” se sentirá también afirmado en la esperanza, dará razón de ella y procurará infundirla a los que están cerca y le son más queridos, y a los que están lejos y esperan algo de él. En la actitud que tengamos para con los que sufren, para con los pequeños y los pobres, la esperanza cristiana adquiere contornos bien precisos. Ampliar, renovar y cambiar nuestras actitudes para que los pobres y los que sufren tengan motivos para seguir esperando, eso es asunto nuestro. La Navidad nos lo recuerda.

Mensaje de Navidad 2012

MENSAJE DE NAVIDAD
2012

“Encontrarán un niño 
envuelto en pañales 
y acostado en un pesebre” (Lc 2,12).

Todos los años la Navidad nos alegra con el anuncio del nacimiento de Jesucristo, luz que ilumina el mundo. Los hogares se iluminan con el brillo del pesebre y la ciudad entera resplandece. Luces por todas partes. Sabemos, sin embargo, que no toda luminosidad transmite verdadera alegría. Hay oscuridades que se venden disfrazadas de luces multicolores. La gente se confunde, cambia el nombre de las cosas: llama felicidad a la frivolidad pasajera; unión a individualismos que se juntan ocasionalmente para comer y beber hasta el exceso. 

Reaccionamos contra eso y nos dejamos iluminar por la claridad de Navidad que brilla en los corazones. Nos viene del mensaje de esta fiesta. Lo dicen casi del mismo modo Isaías, el ángel de Belén y San Pablo: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”, afirma el profeta. “Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, el Mesías, el Señor”, anuncia el ángel a los pastores, y a todos aquellos que saben hacerse niños para buscar y entender. “Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae salvación para todos”, proclama Pablo, poniendo paz en nuestros corazones agitados. “Se ha manifestado la gracia”, es decir, el amor que triunfa, el amor con que nos ama Dios.

El ángel enseña a los pastores a encontrar este amor que es luz y alegría, gracia y salvación: “Esto les servirá de señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. La lógica de los hombres salta por los aires, no es la de Dios. Se nos habla de un Dios cuya grandeza se muestra en la pequeñez de un niño indefenso, cuya majestad infinita resplandece en el rostro de un niño pobre, cuyo aspecto asume la ternura de un recién nacido en brazos de su madre. Se nos da con ello la mayor prueba y señal de lo que es y de lo que hace por nosotros: volverse tan cercano que ya nada nos separa de él. El ser humano, por gracia, puede llegar a Dios, sentido y meta de su existencia. Dado que era imposible a sus solas fuerzas, es Dios quien ha tomado la iniciativa y en el Hijo de María ha llegado al hombre. En la simple expresión: María “dio a luz a su hijo”, se esconde la mayor de las sorpresas, la alegría inmensa del Creador y de todas sus criaturas. 

Tocamos aquí lo más central de la buena noticia que el Señor nos da. Pero al decírnosla se arriesga a que no se la escuchemos por el ruido de estos días, o no se la entendamos porque otros mensajes nos venden otras alegrías, o se la rechacemos porque nos abruma un Dios así, pequeño, pobre y desarmado, que nos invita a no vivir para nosotros mismos sino para Él, pues por nosotros quiso nacer en un pesebre. 

Si se acepta la buena noticia que el Señor nos da en Navidad, se ve el futuro con una nueva luz, y se hallan motivos para pensar que todo puede ser mejor. Por eso en Navidad nos permitimos soñar, dejando de lado nuestros presuntuosos cálculos y razonamientos, nuestros pesimismos y cobardías para entrar en la lógica de Dios y confiar que realizará su obra más allá de lo que nuestras débiles fuerzas pueden conseguir: paz mundial, solución de los conflictos, superación de la pobreza con trabajo y distribución equitativa de la riqueza, defensa y conservación de la naturaleza, y, como desea el Papa en su último mensaje sobre la paz
, “un orden moral interno y externo, en el que se reconocen sinceramente, de acuerdo con la verdad y la justicia, los derechos recíprocos y los deberes mutuos…, un orden vivificado e integrado por el amor, capaz de hacer sentir como propias las necesidades y las exigencias del prójimo, de hacer partícipes a los demás de los propios bienes, y de tender a que sea cada vez más difundida en el mundo la comunión de los valores espirituales”. Dios ha nacido, nacemos todos, cambiamos. El año declina ya, pero es posible ser mejor. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. La historia de Dios y la nuestra se entrelazan. Él está con nosotros y no nos abandonará porque ha asumido nuestra naturaleza humana y la ha hecho suya eternamente. Todo se transforma en esperanza. 

Nos acercamos al pesebre y dejamos a un poeta (José M. de Romaña
) que nos haga sentir con los símbolos el poder evocador y sugerente de la Navidad:

«Nace de nuevo Dios y nosotros y el universo. Es preciso nacer de nuevo, volver a la infancia, raer arrugas y segundas intenciones, hablar muy seriamente con unos ángeles que cantan y con unos pastores que corren a través de la noche y unos reyes que vienen de oriente, debajo de una estrella, con oro, incienso y mirra entre las manos. Es increíble. Nace de nuevo Dios. Con Él nacemos todos. 
En el crepúsculo vencido del año, la paz de la noche y de los ojos con lágrimas, de las largas sonrisas confiadas y las duras manos suavizadas. La hora del cuento y de la maravilla. La hora desnuda, de abandonar vestidos y maquillajes y las frases convenidas. El orden en la sinceridad. Sí, Dios lo hace».


Carlos Cardó Franco S.J.
Párroco de Nuestra Señora de Fátima
Miraflores, Lima