domingo, 26 de agosto de 2012

Domingo 26 de Agosto de 2012


Tú Tienes Palabras de Vida Eterna
(Jn 6,60-69)

Es la última escena del cap. 6 de Jn. Jesús ha dado de comer a la multitud. Se ha identificado con el símbolo del pan: él es el pan que se entrega para la vida del mundo. Quien lo come, es decir, quien cree en el y se adhiere vitalmente a su modo de ser, tiene vida eterna. Los judíos no han comprendido cómo puede un hombre dar a comer su carne, y han reaccionado escandalizados interpretando mal – quizá maliciosamente – el mensaje de Jesús. Ahora vemos que sus palabras chocan también con la incomprensión de sus propios discípulos. La razón es la desilusión que éstos experimentan al ver que su Maestro no corresponde a la imagen de Mesías que ellos se habían formado. Jesús anuncia el final de su obra como una entrega de su persona en una muerte sangrienta, en la cruz. Sus palabras les resultaban insoportables. Para ellos la muerte en cruz no podía significar más que el fracaso total. Ellos esperaban un Mesías capaz de someter a sus enemigos con la fuerza e imponerse a todos con su poder. Jesús, en vez de dominar, se pone a servir y considera la entrega de su vida como el cumplimiento de la misión que Dios, su Padre, le ha encomendado. Hacer de la entrega de la propia vida la expresión máxima del amor, es algo que ellos no podían imaginar. Más aún, ellos perciben que con sus palabras “comer su carne y beber su sangre”, Jesús les insinúa que ellos también están llamados a hacer suya esa actitud de entrega, si es verdad que creen en él y lo siguen. Les resultaba, pues, cada vez más retador ponerse de parte de Jesús; sus exigencias iban en aumento.

Y se produce la deserción, el cisma. Muchos de los discípulos abandonan a Jesús, diciendo: Este lenguaje es inadmisible, ¿quién puede admitirlo? 
Jesús entonces, que conoce el interior de cada hombre y es consciente de la situación, se vuelve a los de su grupo más cercano, a los Doce, y les hace ver que ha llegado el momento de la verdad, les toca a ellos decidir si aceptan o rechazan su oferta: ¿También ustedes quieren irse? (v. 67). 

Como en otras ocasiones, Pedro toma la palabra en nombre del grupo. Su respuesta contiene una profesión de fe y quedará para siempre como el recurso de todo creyente que, en su camino de fe, experimente como los discípulos, la dificultad de creer, el desánimo en el compromiso cristiano, la sensación de estar probado por encima de sus fuerzas. Entonces, como Pedro, el discípulo se rendirá a su Señor con una confianza absoluta: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Sólo Tú tienes  palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por  Dios”. Jesús encarna en su persona y en el camino que ofrece la santidad de Dios. No se puede llegar a Dios, el Santo, sino por Jesús. La confianza que tiene Pedro en su Señor se basa en esta convicción, que resuelve toda duda y toda inseguridad. El encuentro con los valores que la vida de Jesús ofrece dignifica la existencia, porque en Él se muestra la santidad a la que todos estamos llamados.

Así, pues, el evangelio de hoy nos lleva a observar que lo que acontece en la comunidad de los Doce puede acontecer también en nuestra vida personal y en nuestra comunidad. 
Porque en todo proceso social o personal llega un momento en que la crisis se hace presente y no hay más remedio que optar y asirse de algo, pues sin confianza no se puede vivir. ¿Qué vida humana subsiste en solitario? ¿Qué persona puede vivir sin contar con sus semejantes? De nuestra relación a otros nos viene todo: el pensar, el hablar, el amar y hasta el haber nacido. Nos necesitamos y no sólo a nivel material, sino como personas dotadas de libertad, ideas y sentimientos, que se atraen y se complementan, que dan y comparten, buscan y piden, en una  trama de relaciones de intercambio y comunicación sólo posible porque se tiene confianza. Así, por ejemplo, para muchos es evidente que lo que les motiva a soportar una larga jornada de trabajo difícil y tedioso es, a fin de cuentas,  la confianza de hallar al volver a casa una mujer o un esposo, unos hijos que lo quieren y por los cuales vive. Y ocurre así en todos los órdenes: confianza en los padres, en el cónyuge, en los hijos cuando están pequeños y cuando se hacen grandes, en los amigos, en la Iglesia –sus hombres y sus instituciones–, en los maestros, en las autoridades, en los periodistas, en el taxista… 

No obstante, ¿quién no ha sentido o puede sentir decepciones y desengaños? Y, sin exagerar, ¿no está marcada nuestra época por un grave deterioro de la confianza mutua? Muchos por desengaños sufridos y por creer que no tienen en quien confiar dan cabida a procesos de desánimo y amargura que deterioran sus personas. Pero hay algo dentro de todos nosotros que reclama una verdad que no defraude, sin la cual la vida no tiene sentido. Algo que aunque todos los demás objetos de nuestra confianza fallen, eso se mantenga. Para los creyentes esta confianza viene de la fe, o mejor dicho, se funda en el amor de Dios por nosotros; amor que le hace escribir al profeta Isaías: ¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo nunca me olvidaré de ti. Mira que las palmas de mis manos te tengo tatuada (Is 49,15-16). Ese amor incondicional e indefectible de Dios por nosotros se nos ha revelado en plenitud en esa persona digna de toda confianza, autor y perfeccionador de nuestra fe (Hebr 12, 2), que es Jesucristo. 


Venir a la Eucaristía, recibir en ella el cuerpo del Señor, eso nos compromete a hacer sentir a nuestros hermanos la buena noticia del amor de Dios. Por eso hagamos nuestra la petición de la Plegaria Eucarística V: 

Danos entrañas de misericordia ante toda dolencia humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado; ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando.Y sea cual sea la dificultad o crisis por la que pasemos, mantengamos la confianza de Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.

lunes, 20 de agosto de 2012


 Yo soy el pan vivo bajado del cielo
(Jn 6, 52-59)


Los judíos no entienden. Llamarse Jesús “pan bajado del cielo” les parece una blasfemia: se hace Dios. Decir Jesús que quien lo come tiene vida eterna les resulta inadmisible porque se pone así por encima de la Ley, de Moisés, del templo, del sábado, de la religión, es decir de aquello de lo que, según la fe judía, viene la salvación. Además, eso de comer les resulta demasiado chocante y lo de beber sangre va directamente en contra del Levítico.

Pero Jesús no da marcha atrás, antes bien refuerza su afirmación: Yo les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. Expresiones sin duda duras, crudas, incomprensibles en cuanto metáforas que sugieren lo que debe ser la fe en él. Con ellas Jesús afirma que la adhesión a él por la fe, lleva a alimentarse de su persona, a nutrirse de sus actitudes y su modo de vivir. Eso es lo que da al hombre la vida plena, la vida que perdura, y que consiste en nuestra participación de la vida-amor de Dios. 

El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Lo propio del amor entre las personas es que las hace vivir en comunión. Es un recíproco permanecer en el otro, como vivir el uno en el otro, y vivir como en su propia casa, sintiéndose acogido, comprobando que la propia persona ya no se define a sí misma sino en su relación con el otro. Ya no dos sino uno solo, como en el amor nupcial. Es lo que alcanza Pablo por la gracia de Dios en él: Vivo yo, ya no yo, es Cristo que vive en mí (Gal 2). 

La carne y la sangre del Señor tienen que ver también de manera patente con la eucaristía. La terminología eucarística que emplea el evangelista Juan es clara. La comunidad a la que escribe su evangelio y todas las comunidades cristianas primitivas tenían por cierto que lo que Jesús les mandó realizar en la Última Cena antes de padecer fue un memorial que actualizaba su muerte y su resurrección. Eran conscientes de que en ella comían la carne y bebían la sangre del Hijo de Dios, hecho presente de manera real, activa y eficaz en la comunidad. Proclamaban así su muerte y su resurrección, y expresaban el anhelo más profundo que orientaba sus vidas: Marana-tha! Ven, Señor Jesús. 

San Juan en su evangelio, no trae el pasaje de la institución de la Eucaristía como lo hacen los otros evangelistas; pero trae a cambio este discurso sobre el pan de vida y el pasaje del lavatorio de los pies de los discípulos, pasajes en los que está explicado el misterio eucarístico en toda su profundidad. Por eso, no cabe duda que Jesús dio a este discurso, pronunciado después de la multiplicación de los panes, un  sentido eucarístico total. Y es que la fe exigida desemboca necesariamente en la eucaristía.

Los judíos no entendieron ni aceptaron el mensaje del pan que se entrega y da vida. Los cristianos sabemos muy bien que en la eucaristía Jesús se da por completo para la vida  de los hombres, haciéndose eficazmente presente y actuante de modo salvador. En el misterio eucarístico está presente el Señor con todo lo que él es y todo lo que él hace por nosotros: su Encarnación, su Muerte y su Resurrección. Las palabras del Señor en su discurso sobre el Pan de Vida y en su Última Cena nos llevan, pues, a apreciar el don del amor del Hijo de Dios, que por nosotros se hizo hombre, se inmoló en la cruz y resucitó para que también nosotros resucitemos con  él. 

Es importante redescubrir la conciencia que tenían los primeros cristianos de la koinonia con Cristo y en Cristo, unión con él hasta asumir sus actitudes. Comulgamos con Cristo, con todo lo que él es, su persona y su misión. Por eso, quien comulga con Jesús vive la inquietud por crear comunión, deseo supremo suyo. El hacer comunidad se convierte en la piedra de toque de nuestra comunión con Cristo, con todas sus consecuencias prácticas en todos los órdenes de la vida humana, personal y social. Sacramento de unidad, la Eucaristía incita a las comunidades a superar las divisiones. “Reúne en torno a Ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo”. 

En primer lugar, ser conscientes de lo que hacemos cuando nos reunimos para la Eucaristía. En ella está presente y se nos da como alimento la realidad total de Cristo, todo lo que fue y todo lo que es, el Cristo cabeza con sus miembros, que somos todos. Es reconocer que en el pan eucarístico se nos da el Cuerpo del Señor y es saber también lo que hacemos cuando recibimos el Cuerpo de Cristo.

Al recibir el pan y el vino, pronunciamos nuestro Amén a lo que significa el sacramento del Cuerpo del Señor, sellamos el compromiso de ser aquello que recibimos: otros Cristos, que viven en comunión entre sí y construyen comunión entre los hombres.

“El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que, a su debido tiempo, seamos transformados. Nosotros mismos hemos de llegar a ser Cuerpo de Cristo, consanguíneos con él. Todos comemos el único pan, y esto significa que también nosotros llegamos a ser uno. Está dentro de nosotros, y nosotros en él. Su dinámica nos penetra y, desde nosotros quiere propagarse a los otros y extenderse por el mundo entero, para que su amor llegue a ser la medida dominante en el mundo” (Benedicto XVI, Jornada de la Juventud, 21/08/05).

Nunca seremos más nosotros mismos, que cuando hagamos de nuestra vida una eucaristía continua, es decir, una vida entregada al servicio de los demás, teniendo como modelo al Cristo eucarístico. Y, como dice san  Pablo, nunca será plena nuestra eucaristía sino hasta que ofrezcamos nuestras vidas como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; pues tal ha de ser nuestro verdadero culto espiritual (cf. Rom 12, 1).

martes, 14 de agosto de 2012

Homilia Domingo 12 deAgosto de 2012


 Yo soy el pan de vida
(Jn 6, 44-51)


Los judíos rechazan las palabras de Jesús: Yo soy el pan que ha bajado del cielo, porque para ellos el pan del cielo es la Ley de Moisés, con la que expresaban su pertenencia al pueblo escogido de Dios y se sentían seguros de la salvación. Entienden que Jesús pretende estar por encima de la Ley, superior a Moisés, como Mesías que viene a fundar un nuevo pueblo escogido. A este nuevo Israel le ofrece Jesús como alimento otro pan superior al maná que comieron sus antepasados en el desierto, y que consiste en acogerle a él, tener fe en él. Así, Jesús sugiere que los acontecimientos fundantes de la historia de Israel (el éxodo de la esclavitud de Egipto y la alianza que Dios hizo con su pueblo) no venían a ser más que imágenes o anticipos de lo que Dios quería hacer por medio de él: comunicar la vida verdadera. En adelante, una nueva ley vendría a sustituir a la antigua e iba a consistir en comer y asimilar a Jesús, el enviado de Dios. Pero había algo mucho más sorprendente aún: al afirmar Jesús que él es el pan de Dios, da a entender que Dios habla en él, que él es la Palabra de Dios vivo. 

Ante la incredulidad de sus oyentes, Jesús no se echa atrás, insiste: Nadie pude venir a mí si el Padre que me envió no se lo concede… Quiere decir que el encuentro con él es una gracia que Dios ofrece a todos sus hijos e hijas, y mediante ella alcanzan la verdadera vida: Yo lo resucitaré en el último día. Jesús, el Hijo, da acceso a Dios, hace vivir como hijos y obtener la vida que perdura. Este anhelo a encontrarse con Dios, a tener una vida que perdure y a realizarse plenamente como persona, es, en cierto modo, inherente al ser humano, lo afirme o no explícitamente. De hecho, esta atracción puede intuirse en toda búsqueda humana de sentido y en toda realización o esfuerzo mediante el cual la persona se trasciende a sí misma.

Pero esta atracción fundamental del hombre a su plenitud no significa que, por sí mismo, pueda “ver” a Dios, es decir, tener acceso directo al misterio del ser divino. Es necesario un puente que una al hombre con Dios. Y es la función que le toca desempeñar a Jesús. Por eso en el evangelio de san Juan afirma Jesús:  No que alguien haya visto a Dios. Sólo el que ha venido de Dios ha visto al Padre. En Jesús, un hombre como los demás, se realiza la revelación definitiva y la máxima cercanía de Dios. Quien cree en él se encuentra con Dios y alcanza la más plena realización de sí mismo, que llamamos vida eterna.

Naturalmente, al no reconocer el origen divino de Jesús y verlo como un simple hombre, los judíos no pueden aceptar que se defina a sí mismo con el pan del cielo que da vida eterna. Pero Jesús reitera que la vida eterna, viene justamente de su humanidad, designada con el término carne entregada para la vida del mundo. Yo soy el pan vivo bajado del cielo (es decir, que procede de Dios). El que come de este pan (quien asimila mi vida, mi modo de ser hombre), vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne (mi persona, la totalidad de lo que yo soy). Yo la doy para la vida del mundo.

Carne y sangre, para la mentalidad hebrea, significaban la persona real, concreta y completa, en su realidad visible. La carne no era solamente el soporte material de la existencia, como la sangre tampoco era simplemente un elemento orgánico de la persona. Carne es la realidad humana plena, y sangre es sinónimo de la vida que Dios da y que a Dios pertenece. 

Comer su carne y beber su sangre significan entonces adherirse a él, entrar en comunión con él, asimilar su modo de ser. Eso es lo que da al hombre la vida que perdura, porque es participación de la vida-amor de Dios, que es más fuerte que la muerte. Por eso, aunque a los judíos les resultó un lenguaje duro y crudo, Jesús no dudó en emplear el verbo comer, porque comer significa asumir, digerir, asimilar. Comer el cuerpo de Jesús, pan nuestro, es convertirnos en él. Amándolo y comiendo su carne nos hacemos hijos de Dios, entramos en comunión con el Padre y con nuestros semejantes.


Podríamos decir que las dos afirmaciones más importantes del evangelio de hoy son éstas: “Les aseguro: el que cree tiene vida eterna”, y  El que come de este pan vivirá para siempre”. Creer en Jesús, asumir como propio lo que él y lo que él enseña; comer  el pan de su cuerpo, es decir, asimilar su ser, en eso consiste la «vida eterna» que se concede vivir ya desde ahora. Por vida eterna entendemos no solamente una vida que trasciende los límites del espacio y del tiempo y va más allá de la muerte, sino tener la vida definitiva, la que todo ser humano anhela, “vida de profundidad y calidad nueva, vida que pertenece al mundo definitivo. Una vida que no puede ser destruida por un bacilo ni quedar truncada en el cruce de cualquier carretera” (Pagola). Una vida así sólo es posible si entramos a participar en la vida misma de Dios. Y eso es justamente lo que Jesús nos ofrece y promete.


Nunca quizá la vida ha estado tan amenazada en la historia como en los tiempos actuales. Y por eso quizá nunca ha sido tan apremiante la tarea de asegurar para todos una calidad de vida que sea verdaderamente humana, es decir, sana, libre, cultivada, creativa, gozosa, en una palabra, vida plena. El evangelio de hoy nos recuerda que el horizonte de realización de esa vida en plenitud es y sólo puede ser Cristo y su evangelio. Si nos dejamos guiar por los valores del evangelio y nos nutrimos del pan que es su vida, crecemos verdaderamente en humanidad, vivimos el tipo de vida que vale la pena vivir y que tiene en sí valor de eternidad. Para nosotros, el reproducir en nuestra existencia los valores y actitudes característicos de la vida de Cristo es la manera más auténtica de vivir como seres humanos. “Ser cristiano significa ser hombre, no un tipo de hombre, sino el hombre que Cristo crea en nosotros”.

Por eso venimos a la eucaristía, para alimentarnos del pan de vida eterna.


lunes, 30 de julio de 2012

Domingo 29 de Julio de 2012.


La multiplicación del los Panes.
(Jn 6, 1-15)

En este evangelio se da una síntesis de la actividad de Jesús, dador de vida, y una presentación del amor solidario como elemento esencial de la fe.

La acción se desarrolla en Galilea, la región más pobre de Palestina. Jesús atrae a una multitud de personas necesitadas porque han oído que cura a los enfermos. Con esa gentío inicia una especie de nuevo éxodo. Pero, a diferencia del primer éxodo en el que  Moisés realizaba portentos contra los poderosos, las acciones de Jesús miran al bien de la gente.

Jesús, después de atravesar con la gente el mar de Tiberiades y subir a un monte con sus discípulos, “levantó los ojos y, al ver la mucha gente que acudía, dijo a Felipe: ¿Dónde podremos comprar pan para que coman estos? Lo decía para tantearlo porque él ya sabía lo que iba a hacer” (vv. 5-6). Jesús se preocupa de la gente y toma la iniciativa. Su diálogo con Felipe es sólo para demostrar la incapacidad del hombre para resolver el problema de la vida, representado en el hambre de la gente. Con doscientos denarios de pan no compraríamos bastante para que cada uno tomara un pedazo, dice Felipe. 

Toma entonces la palabra Andrés  y dice: “Aquí hay un muchacho con cinco panes de cebada y dos pescados secos, pero ¿qué es esto para tantos? Querría mostrar su amor repartiendo lo que hay, pero ve que no es suficiente. En su débil condición y con su escasa provisión de cinco panes de baja calidad (pan de cebada) y dos pescados secos –es decir, lo más desproporcionado para la magnitud del problema- el muchacho representa a la comunidad en su impotencia para resolver el problema del hambre; pero aunque se tenga poco, hay que repartirlo. Es lo que enseña Jesús: dar de lo que se tiene. El resto lo hará Jesús y habrá de sobra.

Viene entonces lo central del relato. “Jesús pronuncia la acción de gracias”. Dar gracias es reconocer que algo que se posee es gracia recibida de Dios. La comunidad de Jesús da gracias por el pan, “fruto de la tierra y del trabajo humano, que recibimos de tu generosidad”. Se podría decir que el signo (visto en profundidad) son los bienes de la creación liberados del egoísmo humano, que alcanzan para el sustento de todos. El milagro es el amor de Dios y de nosotros: el compartir lo que soy y lo que tengo. 

Por todo eso, el signo de los panes tiene un gran simbolismo, que más tarde Jesús explicará en su discurso del Pan de Vida. Jesús proporciona el bien material del pan, pero invita a pensar en el alimento que da vida eterna. Jesús, verdadero Pan de Vida, es quien da la salvación de los hombres. 

Jesús distribuye el pan. “Se puso a repartirlos” (v.11); “los repartes entre nosotros”, decimos en la Eucaristía. Con su actitud de distribuir el pan, Jesús prefigura la entrega de su vida, que explicará más tarde (Pan de vida, 6,51s y lavatorio de los pies, 13,5). Este signo se convierte en una celebración de la generosidad de Dios a través de su Hijo, que, en la comunidad multiplica lo que ésta posee para que todos tengan vida. Aparece el sentido profundo de la Eucaristía: expresión de amor entre los miembros de la comunidad, signo del amor de Dios al mundo, continuación del don de su Hijo. 

“Quedaron todos satisfechos... recogieron doce canastas con las sobras…” (vv. 12.13). La abundancia mesiánica del signo realizado por Jesús llena de entusiasmo a la gente, que lo reconocen como “el Profeta”, en la línea de Eliseo, e incluso quieren proclamarlo rey. Pero este tipo de poder él lo rechaza. Para dar de comer a la multitud no ha partido de una posición de superioridad y fuerza, sino de debilidad y escasez de recursos. Él sólo busca servir y dar la vida. Por eso, Jesús se retira (“huye”), se aleja de los que pretenden cambiar su misión. Se retira solo, como Moisés después de la traición del pueblo (Ex 34, 3-4). Sólo en el monte de la cruz Jesús será rey (19,19) y entonces sus discípulos lo dejarán solo (16,32).

En estas Fiestas Patrias, el evangelio que hemos escuchado resulta particularmente sugerente. Él nos invita en primer lugar a apreciar la obra de Dios en la vida de nuestro país. Es propio de la fe el ser agradecidos y de personas nobles el reconocer las mejoras y progresos que va logrado nuestra nación. Por eso, nos confirmamos también en la esperanza que debemos tener frente a los problemas y necesidades que quedan aún por resolver. Se trata de una esperanza activa “que ama la tierra” que Dios nos ha dado.

Así mismo, mirando la imagen del Jesús que se conmueve por el hambre de la gente, se afirma nuestra convicción de que la atención a la vida de todos y cada uno de los peruanos debe estar en el centro del modelo de desarrollo que debemos seguir, sabiendo que en él se ha de incluir, junto al necesario crecimiento económico, un conjunto de valores éticos y morales que orientan la actuación de los operadores económicos y de los agentes políticos hacia la meta prioritaria del bien común, que en nuestro país sigue teniendo su concreción en la superación de la pobreza, la conservación del medio ambiente y la integración social y cultural de todas sus poblaciones.

Invocamos la intercesión de nuestros santos peruanos para que sigan fructificando en nuestra tierra las semillas del evangelio que son las semillas de solidaridad, comunión en la diversidad, diálogo y valoración del otro, valores que harán posible la solución de los conflictos sociales y la realización de las justas aspiraciones de nuestro pueblo. 



miércoles, 25 de julio de 2012

Domingo 22 de Julio


EL BUEN PASTOR
(Mc 6,30-34)

En estos cuatro versículos tenemos toda una síntesis de vida cristiana. La escena viene a continuación de la que comentamos el domingo pasado: los discípulos, enviados por Jesús, habían salido a predicar y habían realizado curaciones (6,7-13). De vuelta de su misión se reúnen con Jesús para contarle lo que han hecho y enseñado. Desde que el Señor los llamó “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mt 3), forman el grupo de sus seguidores, eso es lo que los define (3,14). Por su parte, Jesús muestra una especial predilección por ellos, establece con ellos una unión entrañable. Ellos lo acompañan adonde va y, en esa convivencia diaria, él los forma, les revela los secretos del reino de Dios, les transmite su estilo de vida, sus actitudes y criterios más característicos. Ellos lo observan día a día, ven cómo ora a su Padre, cómo se conmueve ante la multitud hambrienta, cómo se alegra por sus triunfos apostólicos. Le verán incluso estremecerse ante la inminencia de su muerte violenta... Poco a poco ya no habrá secretos entre ellos (Jn 15,15: Yo no los llamo siervos sino amigos, porque un siervo no sabe lo que hace su señor), sus palabras habrán pasado a ser carne y sangre en ellos.


Grupo de jóvenes en el seminario Nacional Juvenil KOSTKA (lima)
Fotografia de: Facebook SJoven Perú
En la escena que comentamos los vemos reunidos en torno él. Es lo propio del discípulo, y lo que define al cristiano: estar con el Señor, conocerlo internamente para más amarlo y seguirlo.


Jesús les escucha hablar de la misión cumplida y los invita: “Vengan ustedes solos a un lugar deshabitado, para descansar un poco”. Detrás de estas palabras resuena el eco de aquellas otras que refiere Mateo: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré”. Resuena también, en profundidad y como marco de lo que vendrá después, la experiencia del Éxodo en el desierto, donde el pueblo de Israel experimentó la liberación realizada por Dios, lo reconoció y lo adoró. Ahora, en un lugar deshabitado, que simboliza al desierto, Jesús seguido de sus discípulos va a congregar a la multitud y fundar el nuevo pueblo, que vivirá la liberación verdadera: los alimentará con el pan bajado del cielo, no con el maná que comieron sus padres, sino con el pan vivo que da vida eterna. 
Vamos a descansar un poco, les dice, revelando la solicitud afectuosa con que los trata. Debemos escuchar estas palabras como dirigidas a nosotros; sólo así la Escritura es palabra eficaz, que toca nuestra situación y nos cambia. Necesitamos oír esta invitación, porque – quizá sin darnos cuenta – podemos estar llevando una vida que nos deshumaniza: agitados, programados, a la búsqueda ansiosa de valores útiles en sí, pero no sustanciales. Con ello, las relaciones personales, que son en definitiva lo más hermoso y satisfactorio de la vida, se perjudican. Sin el tiempo gratuitamente gastado en estar juntos los que se quieren, el amor decae, la amistad se desgasta. Lo mismo ocurre con Dios. Como toda relación, la amistad con Cristo hay que cultivarla, pero ¿cómo vamos a hacerlo si no nos damos tiempo para ponernos a solas con él? Por eso debemos procurar hallar tiempos y espacios especiales para la oración. Esos son los “lugares deshabitados”, donde entramos en la dimensión de nuestro interior, tocamos lo que es verdaderamente esencial y nos apartamos todo aquello que, desde el exterior, nos desgasta y desorienta.

Se fueron, pues, ellos solos -Jesús y los discípulos- en la barca a un lugar deshabitado, pero las circunstancias cambiaron de improviso y el descanso que querían tener se les frustró. La gente que va y viene, corre y se apretuja por ver a Jesús, ha llegado antes a la otra orilla. No le dejan tiempo para el merecido descanso ni para comer con los suyos (cf. 3,20). Jesús se conmueve. Es consciente de que esa muchedumbre busca el logro de la existencia y pone en él su esperanza. Por eso, no puede reprocharles su conducta, se llena de compasión porque los ve como ovejas sin pastor (cf. Nm 27,17; Ez 34,5; Zac 13,7). No puede sino obrar con misericordia, no le queda más  remedio que atender a sus expectativas y procurar encauzarlas debidamente. Jesús aprovecha este momento para continuar lo que viene realizando desde el inicio de su actividad: congregar, unir (1,38s). Por eso, se puso a enseñarles con calma. Jesús asume la figura del buen pastor.
Esta imagen de Jesús que se conmueve ante las “ovejas sin pastor” nos hace apreciar lo más nuclear de su persona: Jesús fue aquel que supo amar de verdad. Su amor no fue una cuestión coyuntural, simplemente, fue el mismo amor con el que Dios-Padre ama a todos los hombres y mujeres del mundo. En Jesús se nos da la certeza de que Dios nos ama de un modo incondicional e inquebrantable. Mezclados entre la multitud, sintiéndonos parte de esa gente que lo busca, experimentamos nosotros también que él nos acoge y acepta no porque seamos buenos o cuando somos buenos, sino porque él mismo es bueno y fuente de bondad, amor, misericordia encarnada. Tocamos aquí algo de lo que debemos examinarnos continuamente porque es fundamental para la vida de fe: ¿creo realmente que el amor de Dios es incondicional? ¿Lo creo para mí de verdad, lo creo en cada circunstancia? 
Pero hay algo más. Cuando Jesús se duele de las ovejas de su pueblo, abandonadas por sus pastores, él nos invita a hacer nuestros los sentimientos de su corazón y a obrar con su mismo amor. Sean compasivos como su Padre celestial es compasivo, nos dijo. Todos debemos serlo. La compasión es el amor eficaz que responde ante el sufrimiento humano. Jesús es la misericordia activa de Dios. Él nos enseña que, cuando se realiza bien, la compasión no humilla a los que sufren sino que les devuelve con ternura la dignidad que han podido perder. Nuestra sociedad está necesitada del “principio  misericordia” que debería inspirar y unificarlo todo.
Por último, hay en este pasaje una enseñanza sobre nuestro ser pastores. Todos podemos ser pastores, en la medida en que nos corresponde ejercer algún tipo de autoridad o responsabilidad sobre otros: padres, educadores, sacerdotes, poderes públicos...; pero en un sentido amplio todos debemos ser responsables y solidarios unos de otros. 

lunes, 16 de julio de 2012

Julio 15 de 2012


DISCURSO DE ENVIO
Mc 6,7-13

Hoy comentamos la escena de la misión de los doce apóstoles. Ella nos hace ver que no se puede seguir a Jesús si no se está dispuesto a colaborar en su obra. La comunidad de los que siguen a Jesús, la Iglesia que formamos, existe para realizar la misma misión de su Maestro y continuarla en la historia, para anunciar con hechos y palabras la presencia del amor de Dios y la certeza de la salvación que esperamos (Evangelii Nuntiandi)

Profesoras y estudiantes del colegio Fe y Alegría en Iquitos.
Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos – dice el evangelio. Cada uno de nosotros puede sentirse incluido en el grupo del Señor. Todos hemos recibido su llamada. Por eso, debemos estar dispuestos a aceptar con gozo la misión que el Señor nos encomienda: la colaboración en la obra de Dios, la implantación de su reino, que ha ya irrumpido en nuestra historia en la persona y actividad de Jesús. 
La misión de los discípulos es la misma misión de Jesús, más aún, se identifica con él. Llamó a los que quiso… para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar (3,13-14). No los envía a exponer una vasta y compleja doctrina, sino a transmitir una forma de vida, el modo característico de ser del Maestro. Por eso, las instrucciones que Jesús da a sus discípulos no dicen lo que ellos tendrán que decir, sino cómo deben presentarse para reproducir la figura de su Maestro. Son instrucciones que tienen que ver con la propia conducta, con el propio estilo de vida, que ha de ser el estilo de Jesús.
Y comenzó a enviarlos de dos en dos. Detrás de la costumbre hebrea de ir así, de dos en dos, para cumplir una misión, hay un signo que Jesús quiere que los discípulos transmitan. Él ha venido a reunir a la familia de Dios, a congregar un nuevo pueblo de hijos e hijas de Dios; por eso la comunidad (lo comunitario) tiene un valor fundamental en todo su mensaje. Jesús no predicaba nunca en solitario; tampoco quiso  que sus discípulos lo hicieran. Sin compañía fraterna, sin colaboración en tareas y proyectos, no hay seguimiento de Jesús ni se puede anunciar el evangelio. 
Dice también el evangelio que Jesús les dio autoridad sobre los espíritus impuros. Los espíritus inmundos a los que se refiere no son fuerzas o poderes sobrenaturales, contra los cuales nada pueden hacer los hijos de Dios. Los “espíritus” a los que se refiere Jesús tienen que ver con todo lo que engaña, perturba, oprime y empobrece la vida humana, privándola de libertad, de dignidad, de paz. En este sentido, los discípulos de Jesús se caracterizan por ser personas que combaten contra toda forma de injusticia, de desigualdad, hambre, mentira y corrupción. Esos son los espíritus inmundos que impiden que los hombres se realicen como auténticas personas. Y la  autoridad del discípulo está precisamente en enfrentar al mal, luchar contra él y vencerlo en nombre de Dios y Cristo con la fuerza del Espíritu. 
Les ordenó que no llevaran nada para el camino… Los seguidores de Jesús no pueden poner como valor central de sus vidas los bienes materiales. Éstos son medios, no fines; y hay que aprender a usarlos o dejarlos tanto cuanto convenga. Cuando se olvida esto, los bienes materiales en vez de ayudar a la tarea evangelizadora, la desvían de sus verdaderos fines, y la labor de la Iglesia se pervierte. El espíritu de gratuidad, que se demuestra en “dar gratis lo que gratis hemos recibido”, hace que resplandezca más la acción de lo alto. La sencillez de vida, el desinterés por el dinero y por el poder de este mundo, la pobreza evangélica, hacen más creíble la predicación y la acción de la Iglesia.
Familia de Nuestra Parroquia colaborando en la
campaña de cajas de amor 2011
Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de ese lugar. La casa tiene gran importancia en los evangelios sinópticos.  El evangelio de Marcos nos hace ver que Jesús usaba mucha veces las casas en las que se alojaba, tanto para anunciar la buena noticia del Reino con palabras y signos (1,29; 2,1; 3,20; 5,38), como para educar a sus discípulos, aprovechando la intimidad que la casa hace posible (7,17;  9,28; 10,10). En casa les enseña los temas centrales de la fe, que después ellos habrán de transmitir en su misión: la piedad auténtica (7,1ss), la oración y el ayuno (9,1ss) y la relación de pareja (10,1ss), siempre como llamadas a la conversión a una mejor relación con Dios, con el cónyuge, con los semejantes y con las cosas de este mundo. Por eso el cristiano debe considerar su casa como un lugar privilegiado para poner en práctica la misión que ha recibido de Cristo y transmitir el evangelio. En la intimidad familiar se crean los lazos afectivos más profundos y resulta factible, como en ningún otro sitio, crear la  fraternidad y encarnar los valores cristianos. En la casa se puede practicar el seguimiento de Jesús en su radicalidad

Si en algún lugar no los reciben, váyanse de allí… La invitación de Jesús siempre se mueve en el terreno de la libertad. Los discípulos no pueden obligar a nadie a aceptar el mensaje evangélico. Éste sólo se acepta adecuadamente por la fuerza del testimonio y el vigor de la palabra que promueven el convencimiento interior. Habrá quienes no acepten el mensaje; éstos contraerán una culpa que sólo Dios conoce con exactitud. Frente a esto, le basta al discípulo manifestar con un gesto demostrativo la ruptura de la comunión: al salir de ese pueblo, sacúdanse el polvo de los pies
Una mirada de fondo nos hace ver en este discurso de Jesús que el cristiano evangeliza humanizando y humaniza evangelizando. Los valores del evangelio nos hacen más humanos y hacen que construyamos un mundo más humano y más divino. El Concilio Vaticano II nos  recuerda que, aunque no se identifican progreso humano y Reino de Dios, tampoco se pueden separar, y están mutuamente relacionados. Está aquí la razón del empeño del cristiano en la lucha contra todos los males que alienan o esclavizan a la gente. Dicho de manera positiva, el cristiano cree en la eficacia del bien y en las posibilidades de mejorar la calidad de la vida humana; por eso apoya todo lo positivo que tiene el mundo de hoy, todas las posibilidades que existen de encarnar los valores del evangelio en nuestra cultura.

lunes, 9 de julio de 2012

Homilía Dominical. Domingo 14 del tiempo ordinario. Julio 8 de 2012

Jesús rechazado por los suyos
(Mc 6, 1-6)  

En el evangelio del domingo pasado, vimos el ejemplo de fe dado por la mujer enferma de hemorragias y por el jefe de la sinagoga que tenía a su hija en peligro de muerte. En el pasaje de hoy, en cambio, Jesús no encuentra fe alguna, no puede hacer ningún milagro y expresa la desilusión que le causan sus propios paisanos y parientes: Un profeta sólo es despreciado en su propia tierra, entre sus parientes y entre los suyos.
El hecho ocurre en la sinagoga de Nazaret, en el pueblo en donde Jesús ha vivido la mayor parte de su vida. Lo rodean sus amigos y familiares que lo conocen desde niño, que lo han visto crecer y actuar entre ellos, pero que a pesar de ello, o precisamente por ello mismo, no creen en él. Se puede estar cerca de Jesús y, sin embargo, no creer en él.
Con esto, los nazarenos y los parientes de Jesús se asemejan a los fariseos y jefes del pueblo, pero su rechazo es más doloroso para Jesús porque son “los suyos”. Más aún, en el cap. 3, 21-23 se narra otro incidente que pone de manifiesto hasta dónde podía llegar esta incredulidad: los parientes de Jesús quisieron llevárselo a casa porque decían que estaba loco. No fueron capaces de ver más allá de lo físico y tangible. Para ellos, Jesús no era más que un simple paisano, un pobre carpintero, “hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón” (6,3), a quienes ellos conocen y de quienes se lo saben todo.
Conviene aquí decir una palabra sobre los “hermanos de Jesús”. algunos grupos evangélicos suelen utilizar textos como éste para argumentar que María no era virgen porque había tenido otros hijos. De los “hermanos de Jesús” hablan los evangelios y Pablo. Desde muy antiguo hubo discusión sobre textos como: Mt 1,25 (lit. “Y [José] no la conoció [a María] hasta el día en que ella dio a luz”). Y lo mismo sobre Lc 2,7 (“Y dio a luz a su hijo primogénito”). – San Ambrosio y San Cirilo Alejandrino afirman que esos hermanos de Jesús serían hijos de un primer matrimonio de José. San Jerónimo resuelve: el significado de hermano en hebreo es muy amplio y abraza a los primos. También el término griego empleado por los evangelios, adelphós, puede significar hermanos y parientes, primos concretamente. En la Biblia se lee que Abraham llamaba “hermano” a Lot, pero Lot era sobrino de Abraham. Y se le lee también que Jacob llamaba “hermano” a Labán, pero Labán era tío de Jacob. Generalmente, se llamaba “hermanos” a los consanguíneos, pero también a los descendientes de un mismo abuelo. Finalmente, los hermanos mencionados en Mc 6, 3 tienen nombres bíblicos cargados de significación simbólica: Santiago significa Jacob, padre de las tribus hebreas; José, es el hijo de Jacob; Judas, que es Judá, es otro hijo de Jacob; y Simón, que es Simeón, también es hijo de Jacob.
Dice el texto que la multitud que escuchaba a Jesús estaba asombrada por el modo como enseñaba y por los milagros que hacía. No podían aceptar que la sabiduría y el poder de Dios altísimo podían actuar en un hombre como ellos. La idea que tenían del Mesías por venir les impedía reconocer en Jesús al Enviado plenipotenciario, al mensajero divino que traía la palabra y revelación definitiva de Dios, en una palabra, al Salvador de Israel y de la humanidad. 
Estamos aquí ante el escándalo de la encarnación de Dios, que llevará finalmente a los fariseos y jefes del pueblo a acusar a Jesús de blasfemia por usurpar el puesto de Dios. Es el mismo escándalo que llevará a los discípulos a abandonar a su Maestro, al verlo acusado por sus jefes religiosos, encarcelado y muerto a manos de los paganos en una cruz. Y es también el escándalo que nos lleva a no aceptar a Cristo y su doctrina, tal como aparece en el evangelio, por preferir un Cristo a nuestra medida, un cristianismo a nuestro gusto. Se puede ser de los suyos, formar parte de su grupo de íntimos, participar incluso en su misma mesa y no decidirse a seguirlo. Se puede ser de los suyos y renegar de él, matarlo. Por eso Jesús dijo que su verdadera familia no es la de quienes están ligados a él con vínculos de carne, sino los que escuchan la palabra de Dios, su Padre, y la ponen en práctica (3,35).
Desde otra perspectiva se puede ver también una cierta semejanza entre algunas actitudes que se dan hoy en la Iglesia y las de aquella gente de Nazaret. Nada hay más cerca del Señor que la Iglesia; en ella está el Señor y no la abandona nunca. Es en la Iglesia en donde se nos comunica el Espíritu del Señor que nos conduce a la verdad plena. Sin embargo, en el cristiano individual –cualquiera que sea el rango que ocupe en la jerarquía- y en enteros grupos dentro de ella, la Iglesia puede actuar como lo hicieron los nazarenos y judíos al reclamar un Mesías a la medida de sus recortadas miras humanas. 
Pero se da asimismo la actitud de quienes, por la idea que tienen de los planes de Dios, se niegan a amar a la Iglesia porque les escandaliza su parte más humana, más pesada, más opaca que impide que el rostro amable del Señor se transparente en ella. Son los que quieren una Iglesia puro espíritu sin cuerpo, campo de trigo sin cizaña, red que reúne peces de una sola especie, el cielo en la tierra. Con ello reproducen la actitud de aquellos judíos que se negaron a ver en la “carne” del pequeño carpintero de Nazaret la presencia del Enmanuel, Dios con nosotros. En la Iglesia se reproduce a otra escala el misterio de la encarnación. El concilio Vaticano II señaló la semejanza que existe entre el misterio de Cristo y el misterio de la Iglesia con sus inevitables limitaciones. Dios ha querido incorporarse a la historia en un hombre de nuestra misma condición: limitado, débil, pobre, capaz de sufrir y de morir en una cruz (cf. 1 Cor 1, 18-25). La Iglesia prolonga esta sorprendente presencia de Dios a través de lo débil. Por eso hoy se puede rechazar a la Iglesia como rechazaron los nazarenos a Jesús por no ver en él más que un simple carpintero. La Iglesia siempre será motivo de extrañeza y hasta de escándalo. Y es a esta Iglesia, con sus limitaciones y pecado, a la que aceptamos, amamos y procuramos construir desde dentro, colaborando para que no sea siempre así, para que, a partir de su condición de pecadora que Cristo bien conoce –como conocía los defectos y pecados de Pedro y de cada uno de sus apóstoles–, se esfuerce cada día por ser más fiel al Evangelio.