lunes, 18 de marzo de 2013

Domingo 17 de Marzo de 2013


El Papa Francisco
“El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.
Isaías dice que caminábamos por un desierto, andar sin esperanza, paisaje de sequedad y dureza, chacales, avestruces, plantas secas, tierra árida y sin vida. De pronto, sin embargo, el Señor abre un camino por el desierto. En medio del desierto nos asegura un futuro a pesar de lo que se vive. Y decimos que las cosas pueden ser distintas. Más aún, parece que ya han comenzado a cambiar. Nadie se lo esperaba, pero una vez realizado el escrutinio de los votos, sale elegido un Papa que nos deja contentos. Y se llama Francisco. Cuando le han preguntado por qué se llama Francisco –lo traen los periódicos esta mañana- él ha respondido con unas palabras que a mí personalmente me han emocionado y seguro también a ustedes:
“… En relación a los pobres pensé en Francisco de Asís. Después, pensé en las guerras, mientras el escrutinio proseguía, hasta contar todos los votos. Y Francisco es el hombre de la paz. El hombre que ama y custodia la creación, en este momento en que nosotros tenemos con la creación una relación no muy buena, no? Es el hombre que nos da este espíritu de paz, el hombre pobre. ¡Ah, como querría una Iglesia pobre y para los pobres!”.
Ha sido elegido en un período de la Iglesia cuya problemática ha llevado a muchos a dejar de creer en la Iglesia y a nosotros nos toca en lo más sensible, porque somos cristianos, católicos y no podemos entender una fe en Cristo sin una fe en su Iglesia. Más aún reconocemos que tenemos esta fe en Cristo porque es esta Iglesia la que nos la ha transmitido, y la Iglesia somos todos: es la Iglesia jerárquica con su cabeza el Vicario de Cristo y es a la vez el pueblo de Dios, en el que está la madre que me enseñó a pronunciar el nombre de Jesús y la abuela que me enseñó el Ave María; Iglesia son mis buenos maestros y maestras y la gente santa que Dios ha puesto en mi camino. Este pueblo santo de Dios y comunidad de hermanos en la fe es la que me ha hecho creer en el amor infinito de Dios, en la entrega de Jesucristo por nuestra salvación, y en la vida misma de Dios que opera en nuestros corazones por el Espíritu Santo.
Sin embargo, aunque por la fe y la doctrina que aprendemos, no dudamos en decir que la Iglesia es divina y humana al mismo tiempo, santa y pecadora, y así es la Esposa de Cristo, que la ama y, fiel a su promesa, la acompaña hasta el fin de los tiempos, a pesar de todo eso nos estremece lo que oímos y comprobamos acerca del mal que en ella se produce: los escándalos horribles de abusos sexuales y pedofilia causados por el clero, el silencio cómplice de tantos jerarcas, la utilización malévola, satánica del escándalo con fines lucrativos, amén de todo aquello que se ha producido en el corazón mismo de la Iglesia y que llena las páginas de los periódicos no solo de la prensa amarilla, respecto a las oscuras finanzas del Vaticano acusadas de lavado de dólares…, todo eso inevitablemente causa desánimo y dolor profundo, dolor filial y familiar, en el corazón de los fieles y hace que uno se pregunte a dónde va a parar esto, dónde está la Iglesia de Cristo asentada sobre roca firme… Pero sobre todo ¿qué hacer para que la Iglesia recupere eso que por esencia ella es y que parece que lo está perdiendo: Maestra de conciencias, luz de las naciones, Mater et Magistra. Porque ¿cómo va a enseñar una Iglesia que no cumple lo que enseña? Todas estas preguntas y muchas otras más que Uds. se han planteado o han oído plantear a sus hijos, han ido como ensombreciendo nuestro corazón y pueden afectarlo aún por un buen tiempo… Entonces uno siente que camina como Moisés en medio del desierto de la fe, en medio de las dificultades propias del creer, por su ardua, laboriosa y a veces embarazosa pertenencia a una Iglesia así, y no le queda sino aferrarse a su misma fe “como quien ve lo invisible”. Porque la parte santa y espiritual de la Iglesia no se ve; la parte humana, material eso es lo que se ve. Y muchas veces nos cuesta compaginar ambas cosas. Optamos entonces por agarrarnos a lo espiritual y no llenarnos de amargura con lo material de ella. Pero ¿quién sino Jesucristo nos puede asegurar en estas condiciones la esperanza?
En medio de este clima se produce el Conclave y hay que ser ingenuos para pensar que este cúmulo de problemas históricos que probablemente han conmovido a la Iglesia más que cualesquiera otros problemas producidos en los últimos cinco siglos, no haya influido decisivamente en el discernimiento que han hecho los cardenales para elegir a la persona más adecuada. Y, ¡quién iba a pensar!, aparece por ahí Jorge Mario Bergoglio, un jesuita argentino, latinoamericano, hermano nuestro que muchos de nosotros conocemos y hemos tratado personalmente y que –por ello mismo- en un primer momento nos hace exclamar espontáneamente: Señor, ¡qué estás haciendo! Poco después, sin embargo, muy poco después gracias a Dios, repuestos de nuestro asombro no dudamos en decir: “Sí. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.
Íbamos llorando llevando la semilla, al volver volvemos cantando trayendo las gavillas. “El Señor cambiará nuestra suerte como los torrentes del Negueb”. “Los que sembraban con lágrimas cosecharán entre cantares”. El Señor nos ha dado un Papa llamado Francisco de la escuela de Ignacio. Y como soy ignaciano y fervoroso amante de Francisco desde mi tierna infancia, pienso que no hay cosa más bella en el mundo que juntar ambos carismas, lo ignaciano y lo franciscano. Ellos están en el corazón de la Iglesia. Por eso ruego a Dios que estos talentos tan bellos que el suscitó en su Iglesia querida, y que no son propiedad de los jesuitas y de los franciscanos, porque el Señor los puso como talentos para su Iglesia, que son todos Uds., estos talentos, de lo ignaciano y de lo franciscano, cambien a la Iglesia, la transformen, le devuelvan esa primitiva belleza y hermosura que la hace capaz de seguir reflejando el rostro mismo de Jesús en la tierra.
Es una llamada a reafirmar nuestra fe y nuestro amor a esta Iglesia nuestra y a dar gracias a Dios porque nos permite sufrir y gozar estos momentos de gracia –no momentos trágicos y desgraciados sino momentos históricos de gracia- con el corazón lleno de una gran esperanza.
Por eso, pensando cómo hablarles a Uds. de Jesús y la adúltera, me resultó adecuado, lógico, casi caído por su peso, el buscar entre mis papeles un texto que yo recordaba de cuando era estudiante de teología del jesuita Karl Rahner, quizá el mayor teólogo que ha tenido la Iglesia en el s. XX. Allí en sus Escritos de Teología, en el tomo VI, tiene esta reflexión que si uno la medita le puede hacer llorar pero le deja el corazón consolado, y dice así: 
Los eruditos de la Escritura y los fariseos -tales los hay no sólo en la Iglesia, sino por todas partes y con todos los disfraces- arrastran otra vez ante el Señor a «la mujer» y la acusan con el oculto e hinchado sentimiento de que -a Dios gracias- «la mujer» no es mejor que ellos mismos: «Señor, esta mujer ha sido atrapada en adulterio. ¿Qué dices sobre ello?». Y la mujer no podrá negarlo. Es un escándalo. Y no hay nada que embellecer. Piensa en sus pecados, que realmente ha cometido y olvida (¿qué otra cosa podría hacer la humilde sierva?) la oculta y manifiesta magnificencia de su santidad. Por eso no quiere negar nada. Es la pobre Iglesia de los pecadores. Su humildad, sin la que no sería santa, sabe sólo de su culpa. Y está ante aquel al que ha sido confiada, ante aquel que la ha amado y se ha entregado por ella para santificarla, ante aquel que conoce sus pecados mejor que los que la acusan. Pero él calla. Escribe sus pecados en la arena de la historia del mundo que pronto se acabará y con ella su culpa. Calla unos instantes que nos parecen siglos. Y condena a la mujer sólo con el silencio de su amor, que da gracia y sentencia libertad. En cada siglo hay nuevos acusadores de ‘esta mujer’ y se retiran una y otra vez comenzando por el más anciano. Uno tras otro. Porque no había ninguno que estuviese sin pecado. Y al final el Señor estará solo con la mujer. Y entonces se levantará y mirará a la adúltera, su esposa, y le preguntará: «¿Mujer, dónde están los que te acusaban? ¿ninguno te ha condenado?». Y ella responderá con humildad y arrepentimiento inefables: «Ninguno, Señor». Y estará extrañada y casi turbada porque ninguno lo ha hecho. El Señor empero irá hacia ella y le dirá: «Tampoco yo te condenaré». Besará su frente y le dirá: «Esposa mía, Iglesia santa».

martes, 12 de marzo de 2013

Domingo 10 de Marzo de 2013


El Hijo Prodigo
(Lc 15, 1-32)

El cap. 15 de Lucas está dedicado a las parábolas de la misericordia, o parábolas de “lo perdido” que es recuperado por la gracia de Dios en Jesucristo. Su mensaje central es que Dios nos ha amado en Cristo de modo incondicional, no porque seamos buenos, sino porque él es bueno y fuente de misericordia. De esta certeza de la bondad de Dios, ha de brotar nuestra más inquebrantable confianza: En ti, Señor, esperé; no quedaré defraudado.


La parábola del Hijo Pródigo es uno de los textos más bellos del evangelio. Su valor principal reside en la presentación tan nueva -y para los fariseos de todos los tiempos tan escandalosa-, de quién es Dios, que lleva a pesar que sólo puede haberla hecho aquel que conoce mejor que nadie el corazón de Dios, su propio Hijo Jesús, el único capaz de dárnoslo a conocer. Es la figura de Dios como padre bueno, fiel hasta el final a su ser padre. Por eso, habría que llamarla parábola del Padre misericordioso. Él es el protagonista principal y, en función de él, se nos muestran los comportamientos del hijo pródigo y del hijo mayor.

El hijo menor, que echa a perder la herencia, abraza simbólicamente toda ruptura del hombre con Dios, que trae, como consecuencia, ruina. La pérdida de los bienes conduce al pródigo a la pérdida de su dignidad de hijo: se siente indigno de llamarse hijo y de tener un lugar en la casa paterna. Por eso dice: “Volveré junto a mi Padre y le diré: he pecado, trátame como a uno de tus jornaleros”. En justicia es lo que cree merecer y acepta esa humillación. Por haberlo perdido todo, tendrá que ganarse la vida trabajando como un peón. Pero se trata de un hijo y esta relación no puede ser alienada ni destruida por nada. El amor del Padre supera las normas de la justicia. El amor restablece y eleva. El padre siempre será un padre, aunque su hijo sea un pródigo. Por eso su prontitud para acogerlo, y la fiesta casi excesiva que manda celebrar y que despierta la envidia del hijo mayor. El padre hijo ha malgastado el patrimonio, pero hay que salvarlo como persona. Por eso dice: “Había que hacer fiesta y alegrarse porque este hermano tuyo estaba muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido hallado”. Esta solicitud es la medida del amor, según Pablo: “El amor es paciente, es benigno..., no se irrita, no se alegra con la injusticia, se complace con la verdad, todo lo espera, todo lo tolera” y no pasa jamás” (1 Cor 13, 4-8). 

La auténtica misericordia “no consiste únicamente en la mirada, aunque sea la más penetrante y compasiva, dirigida al mal moral, físico o material; la misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre” (Juan Pablo II, Dives in misericordia). Es el contenido central del mensaje de Cristo es que el amor no se deja “vencer por el mal” sino que “vence al mal con el bien” (Rom 12, 21).
El hijo mayor rechaza su puesto en el banquete. Reprocha a su hermano la vida disoluta que ha llevado y al padre la acogida que brinda a “ese hijo tuyo que se ha gastado tus bienes con prostitutas”, mientras que a él, sobrio, trabajador y obediente, no le ha dado ni un cabrito para celebrar con sus amigos. Este hijo no ha entendido el amor y bondad del padre. Pero hasta que este hermano, tan seguro de sí mismo y de sus méritos, tan celoso y displicente, tan lleno de amargura y de rabia, no se convierta y reconcilie con el padre y con su hermano, el banquete no será en plenitud la fiesta del encuentro y del hallazgo.

Todos nos podemos ver también en este hijo mayor. El egoísmo lo vuelve celoso, le endurece el corazón, lo ciega, y le hace cerrarse a los demás y a Dios. La bondad y misericordia del Padre lo irritan y enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo. 

En definitiva, la parábola es un cuadro de la historia de la familia humana dividida por egoísmos y discordias. El hijo pródigo, que ansía volver a sentir el abrazo del padre y ser perdonado, somos cada uno de nosotros cuando descubrimos en el fondo del alma el deseo de una reconciliación que cambie nuestra vida y nos haga andar en la verdad y en el bien. El hijo mayor nos representa también cuando sentimos la dificultad de llevar a la práctica nuestro deseo de servir de manera desinteresada y fomentar la unión sin egoísmos, ni celos ni juicios contra nadie. Ambos nos recuerdan la necesidad de un corazón nuevo para poder acoger a nuestros prójimos y rechazar la incomprensión y las hostilidades entre los hermanos.

martes, 5 de marzo de 2013

Domingo 3 de Marzo de 2013


La Higuera Seca
(Lc 13,1-9)

El evangelio de hoy nos muestra cómo Jesús aprovecha dos acontecimientos vividos por su pueblo para dar al creyente un criterio de lectura de los males que ocurren en este mundo y del modo como Dios actúa. 

El primero es un mal producido por la libertad y la maldad humana, en ese caso, por Poncio Pilato. Se sabe históricamente que Pilato, el gobernador romano de la Judea en tiempos de Jesús, fue un funcionario cruel y despiadado, que sometió a mano de hierro a los judíos. El incidente de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios, es una muestra de su crueldad.

El segundo acontecimiento es un accidente que pone de manifiesto la manera violenta e inevitable en que actúan a veces las leyes de la naturaleza. Fue el caso de aquel trágico accidente ocurrido en la torre de Siloé de Jerusalén, en que dieciocho desgraciados murieron aplastados. 

Ambos acontecimientos, como todos los males del mundo, interrogan al creyente: ¿por qué se producen tales cosas? Jesús nos hace ver que los males ponen ante nuestros ojos el misterio de nuestra perdición o salvación. Ante el mal, producto de la libertad humana o desencadenado a consecuencias de las leyes naturales, uno palpa la fragilidad del ser, el riesgo de la existencia, la confrontación de una vida realizada o una vida echada a perder. Los males, en definitiva, abren los ojos del creyente a la acción de Dios que tiene poder para salvarnos, pero cuenta con nuestra libre respuesta de colaboración a su obra: la conversión a él. 

Es comprensible que ante los males del mundo el hombre se pregunte acerca de la bondad de Dios y de su creación. Pero no siempre tiene que ser así. La fe cristiana no propone explicaciones consoladoras del mal, sino que impulsa la búsqueda de medios para superarlo y cambiar el mundo en dirección del reino de Dios. Este fue el camino que escogió Jesucristo. Él nos enseñó a hacer presente en toda situación dolorosa la fuerza del amor de Dios que supera todo sufrimiento. Y porque en Jesús se nos manifestó Dios como amor solidario con el sufrimiento humano, ante la realidad muchas veces dolorosa de nuestro mundo, no renunciamos a nuestra confianza en el Dios creador bueno.

Jesús, además, rechaza toda interpretación maniquea y simplista, que divide a los hombres en buenos y malos. No es justo polarizar el mal y constatar el pecado en otros, para justificarnos o descargar nuestra responsabilidad. Jesús nos propone, en cambio, una actitud de honestidad que tiene incalculables consecuencias prácticas: la actitud de quien reconoce que el mal actúa dentro de nosotros mismos y por eso ante Dios todos somos pecadores. Antes de echar culpas a los demás, examinemos nuestra conciencia. Esto es fundamental para poder convertirnos a Dios, para obtener su perdón liberador y mantenernos en la vida, que siempre desea para cada uno de nosotros. 

La segunda parte del evangelio de hoy nos trae la parábola de Jesús sobre la higuera que no daba frutos. Sirve para profundizar en el tema de la primera parte, porque contiene un serio aviso en orden a no desaprovechar el tiempo propicio de salvación, que estamos viviendo, el tiempo que Dios nos da por gracia y que debemos emplear en llevar a la práctica nuestra responsabilidad por los demás. Estos son los frutos que debemos llevar cuando nos presentemos ante su presencia en el último día.

El mensaje de la parábola es claro. En el Antiguo Testamento, la viña simbolizaba al pueblo de Israel. En ella, el árbol de la higuera, ubérrimo por naturaleza, que produce frutos dulces representaba la Ley de Dios, que debía crecer y fructificar en la viña. Estos simbolismos valen también para nosotros: nuestro mundo es la viña del Señor y cada uno de nosotros representa una higuera, destinada a dar fruto. Dios, el viñador, trabaja pacientemente con nosotros, porque está lleno de compasión y misericordia. 

El Dios del perdón, el Dios trabajador, el viñador, le concede un plazo a la higuera para que dé fruto en el futuro. Cristo intercede por nosotros para que tengamos una oportunidad y nos convirtamos a él. “No es que se retrase en cumplir su promesa como algunos creen –dice san Pedro en su 2ª carta- sino que tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos se conviertan” (2 Pe 3,9). Así, cuando el creyente reconozca todo el esmero que le dispensa su señor también él querrá ser útil para los demás y para el mundo.

“No quiero la muerte del pecador sino que se convierta de su conducta y viva”, dice Dios por el profeta Ezequiel (Ez 33,11). Su misericordia toca el corazón del creyente, lo sana, lo regenera. En Jesús, Dios busca lo que está perdido. A todos ofrece una nueva oportunidad. Y porque son sus hijos e hijas queridos, está dispuesto a salvarlos llevando su amor hasta el extremo. Habiendo amado a los suyos…, los amó hasta el extremo. 

La parábola de la higuera nos demuestra lo contrario que es el comportamiento de Dios al comportamiento de los hombres. Para éstos, los hombres del viejo Israel y los de hoy, la lógica es ésta: no sirve, córtala. Para Dios, la lógica es: no da frutos, la cuidaré con mayor esmero. Dios no tala la higuera, es decir, la persona. La respeta, le da una oportunidad para que cambie, porque la ama. Un texto hermoso del libro de la Sabiduría describe esta actitud de Dios que ama la vida por él creada: Te compadeces de todos porque todo lo puedes, y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas todo cuanto existe y no desprecias nada de lo que hiciste; porque si algo odiaras, no lo habrías creado. ¿Y cómo podría existir algo que tú no lo quisieras? ¿Cómo permanecería si tú no lo hubieras creado? Pero tú eres indulgente con todas tus criaturas, porque todas son tuyas, Señor, amigo de la vida” (Sab 11,23-26)

Este rostro de Dios, amigo de la vida, nos lo mostró Jesús con sus acciones, con su vida e incluso su muerte. Así mismo, en su predicación no hizo otra cosa que invitarnos a comprender que el camino de nuestra salvación consiste en imitar la generosidad de Dios en nuestro amor y servicio a los demás. En eso, en el amor paciente y bondadoso, que todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera y lo soporta todo (1 Cor 13, 4.7) consiste “el camino más excelente”.  

martes, 5 de febrero de 2013

Febrero 3 de 2013


Jesús es rechazado en Nazaret
(Lc 4, 21-30)


Jesús ha dado inicio a su actividad pública en la sinagoga de Nazaret, pueblo en el que se había criado, y lo había hecho proclamando la buena noticia de la salvación y liberación ofrecida por Dios por medio de su persona y de su mensaje. Jesús se ha presentado como el realizador de las promesas de Dios. “El Espíritu de Dios sobre mí, me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y conseguir la libertad a los oprimidos”. Muchos al oírlo se admiraron de “las palabras de gracia” que salían de su boca. Pero no llegaron verdaderamente a comprender quién era Jesús porque se quedaron en lo que sabían de él: que era el hijo de José. Por eso Jesús les interpela su falta de fe; les hace ver que, en vez de reconocerlo y aceptarlo como el enviado de Dios, se cierran en lo que pretenden saber de él y de Dios. 

Ocurre entonces que las palabras de Jesús que, en un primer momento, les habían parecido palabras de gracia, les resultan ahora escandalosas. Se cierran en su posición, se niegan a ver en Jesús el enviado de Dios, para ellos no es más que el “hijo de José”, uno más de los suyos, sin ningún poder especial que legitime su misión salvadora. Al mismo tiempo, se resisten a creer el anuncio que les ha hecho del comienzo de una era nueva que exige nuevas actitudes. Conocían a Jesús demasiado para aceptar una novedad tan radical y, por otra parte, se resistían a cambiar su vida y sus viejas costumbres de siempre. Jesús se da cuenta de su incredulidad y los exhorta a la conversión. Les recuerda que con su actitud desconfiada e incrédula están repitiendo las actitudes que sus antepasados tuvieron con los profetas Elías y Eliseo, que encontraron mejor acogida entre los gentiles que entre los oyentes del pueblo elegido de Dios. Así, Jesús sufre la suerte de todos los profetas, que fueron rechazados por los suyos y sólo pudieron actuar entre quienes no exigían signos para creer, ni tenían la pretensión de saber cómo debía actuar Dios.

Los de Nazaret pasan entonces de la furia a la violencia y deciden quitarlo de en medio de manera violenta. Expulsan a Jesús de la comunidad de su pueblo y tratan incluso de despeñarlo, porque lo consideran un blasfemo. Pero Jesús, dice Lucas, de forma soberana, logra escapar del furor de sus paisanos: Jesús, abriéndose paso entre ellos, se alejaba. La oposición de los nazarenos ha sido un adelanto del rechazo que va a sufrir en su actividad pública y que culminará en su condena a muerte. Llegará el momento en que las autoridades judías lo entreguen a los romanos y acabe su vida en la cruz. Pero ese momento acontecerá a su debido tiempo. Ahora la libertad soberana con que vence el furor de sus enemigos prefigura su resurrección. Jesús está por encima de la maldad humana. Jesús sigue haciendo el bien, a pesar de la maldad del mundo.

En el plano eclesial, el texto de hoy le recuerda a la Iglesia que siempre ha habido y habrá necesariamente dentro de ella profetas movidos por el espíritu de Dios que interpelan a la sociedad y conmueven las conductas injustas de los hombres. Estos hombres y mujeres llaman también la atención de la misma Iglesia para que en sus instituciones humanas y en los hombres que la forman no tienda a acomodarse a ningún orden de cosas injusto, no se doblegue ante los poderosos, no siga otro interés que el de Jesucristo y no deje de defender los justos intereses de los más necesitados si quiere seguir siendo fiel al evangelio. La libertad del profeta la necesita la Iglesia para denunciar las injusticias y anunciar el evangelio del amor, para invitar al cambio de conducta y pensar el futuro desde la justicia y el amor.

Mientras Jesús está lleno del Espíritu Santo, los nazarenos están llenos de ira. También esto encuentra aplicación hoy si miramos los graves conflictos que se libran en el terreno de las religiones. La mayor dureza del corazón humano, capaz de llevar a las peores violencias, es la que proviene de las pretensiones religiosas, que se expresan en conductas intolerantes, excluyentes y condenatorias, y sustentan todo tipo de fundamentalismo o sectarismo del signo que sea. 

Para nosotros hoy, el mensaje de este evangelio mantiene plena vigencia. Todos nos podemos ver retratados en la sinagoga de Nazaret. Como los nazarenos, también nosotros en un primer momento acogemos con entusiasmo el mensaje del evangelio. Pero cuando comprendemos que la propuesta de Jesús nos exige cambios importantes en nuestro modo de vivir aparecen nuestras resistencias. Por otra parte, tampoco a nosotros nos agrada que nadie nos haga ver nuestras incoherencias y deje al descubierto nuestra incredulidad... El pasaje evangélico de hoy nos invita, pues, a no repetir el error de los paisanos de Jesús: en vez de echarlo fuera, salgamos nosotros fuera de los estrechos límites en los que vivimos encerrados y vayamos con él. Sigamos sus itinerarios imprevisibles y demos los pasos que nos proponga dar, aunque inicialmente no entren en nuestros cálculos.



domingo, 27 de enero de 2013

Enero 27 de 2013


Prologo y Pasaje en 
la Sinagoga de Nazaret
( Lc 1,1-4; 4,14-21)

El evangelio de hoy tiene dos partes. La primera es el prólogo de la obra de Lucas (1,1-4). La segunda, cuatro capítulos después, narra los inicios de la actividad pública de Jesús en Nazaret (4,14-21). 

El prólogo indica que el escrito está dedicado a un cierto Teófilo, que no sabemos bien si es un personaje real o ideal. Algunos comentaristas lo consideran una persona histórica, un ayudante de Lucas en su tarea evangelizadora. Lo más acertado es decir que se trata de una figura simbólica, el discípulo de todos los tiempos. “Teófilo” significa “amado de Dios” o “amante de Dios”. El discípulo de Jesús, que recibe su mensaje, sabe que es amado de Dios y desea llegar a amar realmente a Dios. Se puede decir que Lucas dedica su evangelio al cristiano que quiere llegar a ser un adulto en su fe, consciente de la responsabilidad que le atañe en el mundo. A ese cristiano, lo quiere conducir a vivir una experiencia similar a la de los discípulos de Emáus, es decir, a escuchar al Señor, a reconocerlo “al partir el pan” y hallarlo presente en la comunidad, cuyos miembros dan testimonio de que “verdaderamente el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón” (24,34)

Lucas declara que su intención al escribir su evangelio es componer un relato de los hechos que se han verificado en torno a Jesús de Nazaret. Hablará de Jesús en forma narrativa, empleando las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Por consiguiente, lo que está en el evangelio no son fantasías del autor, sino testimonios recogidos tal como fueron transmitidos por los que convivieron con Jesús y luego los dieron a conocer a las primeras comunidades cristianas. El evangelista comprueba todo exactamente desde el  principio y lo presenta de manera ordenada, para que los lectores puedan conocer y entender mejor a Jesús. Es la finalidad: que conozcan la solidez de las enseñanzas recibidas.

En la segunda parte del texto de hoy se relata el acontecimiento que da inicio a la vida pública de Jesús. Nos dice que Jesús, como era su costumbre, asistió un sábado a la sinagoga de su pueblo y que se levantó para hacer la lectura. Le dieron un texto del profeta Isaías y lo explicó aplicándolo a su propia persona. Hizo ver a sus oyentes que él era el Mesías esperado, portador del Espíritu de Dios, que lo había ungido para anunciar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y conseguir la libertad a los oprimidos. 

Muchos al oírlo se admiraron de “las palabras de gracia” que salían de su boca; vieron que en ellas se realizaban las promesas de Dios, proclamadas por los antiguos profetas. Al igual que aquellos primeros testigos, también la comunidad cristiana primitiva experimentaba en su quehacer diario la gracia de Dios, sentían que el mismo Jesús resucitado seguía acompañando a los suyos. Para ellos y para nosotros –a quienes se dirige el Evangelio- las palabras de Jesús son una constante llamada a la vida, al amor y a la felicidad, que Dios quiere para todos, aunque a veces sea por caminos insospechados. 

Para nosotros hoy, el mensaje de este evangelio mantiene plena vigencia: en Cristo se cumplen de forma plena las Escrituras, se realizan las aspiraciones de todo ser humano. Jesús proclama la llegada del reino de Dios. Nos dice que ha llegado una etapa nueva en las relaciones de Dios con los hombres, en la que Dios ofrece una alianza basada en el amor, que reclama por parte de todos un amor nuevo. En esto consiste la buena noticia: en que somos hijos e hijas de Dios y debemos, por tanto, comportarnos como hermanos y hermanas, obrando con la fuerza y motivación del amor, que es el Espíritu de Dios. Y este amor, que es lo más grande, no pasará jamás. 

Asimismo, estamos llamados a trabajar por la causa de Jesús, que hoy como ayer tiene el mismo contenido y los mismos destinatarios: llevar la buena noticia a los pobres y a cuantos sufren. El sufrimiento sigue presente desgraciadamente a lo largo de la historia y seguirá hasta el final. Para ello contamos con el Espíritu de Jesús, que se encuentra en nosotros como lo estuvo también en Él. Ese Espíritu vivificador nos garantiza el éxito de la empresa, a pesar de los obstáculos que encontremos para su realización y a pesar de las cortapisas e incoherencias que pongamos los trabajadores en la viña del Señor. Ése es nuestro  consuelo y ésa es nuestra confianza esperanzada.

lunes, 21 de enero de 2013

Enero 20 de 2013


Caná
(Jn 2, 1-12) 


El simbolismo del banquete de bodas recorre toda  la Escritura. Dios se une con la humanidad, representada en el pueblo de Israel, por medio de una alianza semejante a la unión matrimonial. El amor del Señor por nosotros se expresa como una relación de interés, cuidado y mutua pertenencia; con sentimientos de ternura, compañía y unión que da vida. La Biblia canta el amor de Dios y nos ofrece en el poema del Cantar de los Cantares sobre el amor entre un hombre y una mujer la más bella metáfora de la recíproca búsqueda de amor entre Dios y la humanidad. Para San Pablo el amor matrimonial se convierte en un “gran misterio” (Ef 5,32), que remite a la unión de Cristo esposo y la Iglesia su esposa. Y en la teología del evangelio de San Juan y del Apocalipsis, Jesús es presentado como el Cordero inmolado que se une eternamente con su esposa la humanidad y sella su alianza con su sangre. Por eso Jesús aparece en el evangelio de San Juan como el portador de la alegría y el gozo que un día se nos dará a todos en plenitud en el banquete del reino de Dios. 

De todo esto se deduce que la alegría es el don del Espíritu de Jesús y signo de su presencia. “Les he dicho estas cosas, dice a propósito de su mensaje, para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea completa”. Esta alegría festiva, componente esencial de la vida cristiana, aparece en el pasaje de las bodas de Caná: allí Jesús aporta en abundancia el vino nuevo a una fiesta de bodas que languidece por falta de vino. 

Se puede decir que lo que más interesa al evangelista, más que el milagro en sí de la conversión del agua en vino, es la grandeza, generosidad y gratuidad del don, que resuelve nuestra incapacidad para alcanzar la alegría de la salvación con los medios con que contamos. Los judíos procuraban inútilmente alcanzarla mediante el cumplimiento de  ley y de las prácticas religiosas, representadas en las seis vasijas de agua destinadas a sus ritos de purificación. Les faltaba el vino que alegra el corazón, les faltaba experimentar el amor de Dios y responder a él con la generosidad propia del amor, que va más allá de la ley. Lo mismo ocurre con nosotros: nuestra vida no manifiesta muchas veces la alegría que debería tener, nuestra fiesta puede echarse a perder por la falta de vino, por el amor que nos falta. Como los judíos, Dios no ocupa el centro de nuestro interés, nos buscamos sustitutivos de su amor. Si nos hacemos conscientes de ello y “hacemos lo él nos diga”, él llenará nuestra vasijas de agua con el vino nuevo, de la alegría y de la fiesta, que está reservado para el final de la vida, pero que podemos disfrutar ahora.

En Caná, según el evangelio, Jesús dio comienzo a sus signos. En el signo de Caná está todo lo que Cristo hace por nosotros. Las acciones que según el evangelio realizó remiten siempre a un significado que nos revela lo que él es. Así, la curación del ciego manifiesta que Jesús es la luz, la multiplicación de los panes que Jesús es alimento y la resurrección de Lázaro que Jesús es vida. En el caso de Caná, el signo realizado por Jesús manifiesta su gloria –“Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en el” –. Ahora bien, su gloria es su amor fiel, su amor y lealtad, como lo dice el m ismo prólogo de San Juan: “Hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (1, 14).  Jesús es el amor de Dios entre nosotros, es el Esposo, a cuya boda estamos invitados. Por eso podemos decir que el signo de Caná nos hace ver que es en la vida ordinaria –en que las personas se casan y celebran sus fiestas- donde podemos gustar, ya desde ahora, “lo que el Señor tiene reservado para los que le aman”.

Pero no se puede entender cabalmente el signo de las bodas de Cana sin su referencia a la cruz del Señor. El texto lo hace de manera implícita introduciendo el tema de la “hora” de Jesús, que para Juan es siempre la hora de la pasión, en la que Jesús nos amó “hasta el extremo” (13,1).

Muchas otras interpretaciones pueden hacerse de Caná. El agua convertida en vino es el bautismo en el Espíritu, que libera del pecado y hacer nacer de nuevo. La Iglesia aparece también representada en los discípulos y la madre de Jesús; la Iglesia que es la esposa a la que Cristo cuida, y en la que se aprende a reconocer los signos de Dios, portadores de la verdadera alegría. Se puede ver una alusión a la Eucaristía, memorial de la nueva alianza, que Jesús sella con su sangre, dada a nosotros como bebida. Y, por supuesto, se puede ver la presencia y significado de María en la obra de salvación.

El papel de María es importante en el relato. Jesús la llama Mujer – calificativo insólito–,  no la llama “madre”. Lo mismo hará en la cruz: Mujer, ahí tienes a tu Hijo (19,25-26). Entonces, cuando esté de pie junto a la cruz, recibirá de su Hijo el encargo de ser la madre de todos nosotros, representados en la figura del discípulo a quién él tanto quería. Desde ese lugar privilegiado que le ha sido asignado, María vela por los creyentes como auténticos hijos suyos, es madre y figura de la Iglesia. Recordemos también que el término “mujer” tiene un hondo significado en el Antiguo Testamento: designa a Israel, la mujer que ama a su esposo, la hija de Sión que escucha la palabra de Dios y ansía su cumplimiento. Todo eso es María, la Mujer.

En el pasaje de las bodas de Caná resalta la solicitud maternal de María, atenta a las necesidades de sus hijos e hijas. María, la Mujer, es la que comunica la noticia de la novedad hecha posible por la fe: Hagan lo que él les diga. María nos pone con su Hijo, ese es su papel en el plan de salvación de Dios. Si escuchamos su invitación a hacer lo que Jesús nos diga, el agua de nuestra humanidad vacía y sin alegría se cambiará en el vino de la fiesta de Dios con nosotros. 

miércoles, 16 de enero de 2013

13 de Enero de 2013


El bautismo de Jesús 
(Lc 3, 15-16.21-22)

Probablemente este relato circulaba entre las comunidades cristianas antes de que se escribieran los evangelios. Y es seguro que narra un hecho histórico, no inventado, puesto que debió ser muy difícil para los primeros cristianos aceptar, por una parte, que Jesus se había hecho bautizar por Juan, lo cual significa haberse sometido a él, y, por otra parte, haberse puesto como un pecador, ya que el bautismo de Juan era “de conversión para el perdón de los pecados” (3,3). Se trata, además, de un hecho especialmente significativo, razón por la cual los tres Sinópticos lo traen y el cuarto evangelio, aunque no lo cuenta, pone en labios del Bautista una frase que hace suponer que se conocía la tradición del bautismo de Jesús: “Juan dio testimonio diciendo: Yo he visto que el Espíritu descendía del cielo como una paloma y permanecía sobre él” (Jn 1,33). 

En Lucas, el bautismo de Jesús aparece al inicio del evangelio y sirve de ángulo de mira para entender la finalidad que tiene el evangelio: dar a conocer quién es Jesús. En el Jordán, se nos dice que Jesús es el Mesías, el Cristo, portador del Espíritu, y el Hijo amado de Dios, en quien Dios su Padre se complace. 

Muchos ven en el bautismo de Jesús un aspecto vocacional, en el sentido de que ahí se manifiesta simbólicamente la misión a la que Jesús es enviado por su Padre: misión salvadora que no corresponderá a las expectativas mesiánicas que se habían hecho los judíos, de un libertador político que se impondría con la fuerza y el poder, sino a la del Hijo que, siendo de condición divina, por amor a nosotros asume nuestra condición débil y pecadora. “No se coloca ‘sobre’ sino ‘con’ el ser humano, en perfecta coherencia con el Dios-con-nosotros” (S. Fausti). Alineado entre los pecadores, como uno más entre ellos, actualiza en su persona lo que había anunciado el profeta Isaías: “Fue contado entre los malhechores” (Is 53,2). Y esto es lo que los evangelistas observan en el hecho de aceptar Jesús ser bautizado por Juan: “un día cuando se bautizaba mucha gente, también Jesús se bautizó”, es decir, como uno más.

El bautismo se hacía por inmersión. Hundirse en el agua era símbolo del morir. En ello vio la fe cristiana un anuncio de que el Mesías tendría que sumergirse en la muerte para salir de ella vencedor e iniciar una vida nueva para él y nosotros. Este es el Mesías, Hijo de Dios y hombre entre los hombres, solidario con nosotros hasta experimentar una muerte como la nuestra.

Dice Lucas que mientras Jesús oraba después de su bautismo, se abrió el cielo. Esto quiere decir que quedó abierto el acceso directo a Dios; el muro del pecado que impedía la comunicación de los hombres con Dios, se derrumba; el futuro cerrado de la humanidad se abre en esperanza. Para Israel la comunicación de Dios a los hombres había terminado en la época de los profetas: ya no se esperaba que Dios hablase. Para el mundo del paganismo, por su parte, el horizonte de la historia estaba cerrado por el destino y la fatalidad. Con Jesús los cielos se abren. Dios se acerca de manera  definitiva, habla y actúa en Jesús. El horizonte de la realización del ser humano se extiende hasta la unión con Dios, hasta nuestra participación en la vida misma de Dios. 

“Y Espíritu Santo bajó sobre él en forma visible, como de una paloma”, prosigue Lucas. El mismo Espíritu que fecundó el seno virginal de María para realizar la encarnación del Hijo de Dios, desciende ahora para consagrar a Jesús y conducirlo a la obra de su ministerio
 (cf. Lc 3, 22; 4,1; Hech 10, 38). Por poseer plenamente al Espíritu divino, Jesús se comprenderá a sí mismo como el Hijo querido del Padre, y se sentirá impulsado a realizar el proyecto de salvación: “El Espíritu Santo está sobre mí... me ha enviado a traer la buena nueva...” (Lc 4, 18).

“Y se oyó entonces una voz que venía del cielo: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Estas palabras del Salmo 2,7 las cantaba el pueblo de Israel en la celebración de la fiesta de la entronización de su rey. Pero mientras al rey de Israel se le llamaba Hijo de Dios por adopción y en cuanto representante del pueblo escogido, aplicado a Jesús este título expresa su íntima y singular vinculación con Dios: Jesús es el hijo engendrado por Dios antes del tiempo, es la presencia de su palabra y de su obrar salvador, hasta el punto que no se entiende la persona de Jesús sino como Hijo de Dios. Ahora bien, como, además, el término “hijo” escrito en griego significaba también “siervo”, hay aquí una alusión al Siervo sufriente del que habló el profeta Isaías (42,1), y que los evangelios Sinópticos parecen tener en cuenta. Jesús asume esa conciencia de su propio ser y acepta su misión, misión que él vivirá precisamente como el paso por un bautismo: “¿Pueden beber el cáliz que voy a beber y ser bautizados en el bautismo que voy a pasar?” (Mc 10,38;  cf. Lc 12, 49s).  Se puede decir, entonces, que en el bautismo en el Jordán queda estructurado todo el camino de Jesús y del cristiano, camino contrario al que el mundo ofrece, camino del Hijo-Siervo de Dios que conduce a la exaltación.

Digamos, en fin, que el relato del bautismo de Jesús tiene también un cometido eclesial: remite al significado del bautismo en la Iglesia, con el que nos unimos a Cristo. 

También nosotros fuimos bautizados. Dios tomó posesión de nosotros y no sólo de nuestra parte afectiva y sentimental, o de nuestra razón, ideas y especulaciones, o de las emociones religiosas, sino que entró en lo más íntimo de nuestro ser y puso en él su propio ser divino. Esta es nuestra verdad: que ya desde los primeros días de nuestra vida, Dios se comprometió con nosotros, y de manera pública, solemne, infundiéndonos su vida, por el Espíritu del amor que derramó en nuestros corazones. En el bautismo, también de nosotros dijo Dios: Tú eres mi hijo y te convierto en templo de mi Espíritu. A partir de entonces Dios habita en la profundidad de nuestro ser, allí donde quizá no logramos llegar con los recursos de la psicología profunda, allí, en la hondura de nuestra intimidad, en donde habita el Espíritu que nos hace decir con infinita confianza: Abba, Padre querido. Confirmemos nuestro bautismo, demos testimonio de él con lo que hacemos y vivimos. ¡Vivamos como bautizados! Hagamos ver que por nuestro bautismo pertenecemos a Dios, estamos ungidos y configurados con Cristo –alter Christus-, para continuar su obra: hacer el bien, liberar, practicar la justicia.